AMANECER – De Ignasi Boya (Lleida)

AMANECER:

La brisa matutina, soplaba suave, se abría paso a través de los orificios de la persiana y a su vez, bailaba un seductor tango con la cortina color crema, que ondeaba en la habitación. Fué entonces, cuando la luz irrumpió en la oscuridad reinante, cuando provocó mi despertar tranquilo, sin duda el mejor de los despertares que se pueden tener.

Los ojos, se me abrían perezosos y fué en ese preciso instante cuando pude presenciar uno de los espectáculos más bonitos que hoy en dia puedo contemplar.

A mi lado, tranquila, con una respiración acompasada por su ritmo cardiaco, apuraba sus últimos minutos de sueño, ella, la mujer que me ha cautivado, esa que le ha dado un giro inesperado a mi vida estos últimos años, la que ha despertado sentimientos que resultó que tan solo dormían, cuando yo ya creía que no existían o pensaba incluso, que los mismos habían mutado en indiferencia.

Conmigo, testigos, las partículas de polvo que flotaban en el ambiente y se dejaban ver a trasluz mientras que dibujaban en el espacio, la trayectoria de los rayos de sol penetrando, curiosos, en la cálida alcoba.En la habitación, ella y yo, solos, ella durmiendo, yo, paciente, apoyado con mi codo izquierdo en la almohada y  recostando mi cara en mi mano, me limitaba a observar el espectáculo, con una sonrisa de satisfacción inevitable.

Ella dormía tranquila, y yo sabía que lo mejor estaba por venir, pues no era la primera vez que presenciaba aquello, pero mientras seguía analizando su cuerpo semidesnudo, levemente cubierto por la fràgil sábana color amarillo, que le ocultaba la mayor parte del torso, al mismo tiempo que le resguardaba de la fresca brisa. Los muebles, de color rojizo, regios y señoriales, acompañaban al escenario, dándole mayor majestuosidad y hacían de la obra un cuadro pictórico de incalculable valor.

Me resultaba difícil retener el impulso inconsciente que quería llevar a mi mano derecha a dibujar una leve caricia en su brazo, pero todavía no quería despertarla de su letargo, seguía observándola… Sus ojos cerrados, permitían realzar sus largas pestañas, aún con restos de maquillaje de la noche anterior, sus labios, dibujados y perfectamente perfilados a su rostro, su nariz, sus mejillas y su larga melena rubia que dibujaba un boceto abstracto en la almohada, formaban un conjunto envidiado por cualquier pintor que se precie, para poder plasmar dicha imagen en un lienzo.

El tiempo pasaba, las partículas de polvo seguían danzando y las ganas de acariciarla eran cada vez mayores, era consciente que si lo hacía, eso iba a provocar su despertar y eso me permitiría ver lo que yo tanto esperaba. Pero era la misma paz que me transmitía la imagen, la que me sujetaba la mano, aún a sabiendas que ya tenía memorizado y lúcido, el lugar y la carícia que iba a dibujar.

Fué en ese preciso momento cuando un temblor o quizás un acto reflejo, producto de mi situación postural, transmitió un movimiento brusco a mi brazo, justo entonces pensé que era el momento, decidí que ya no quería esperar mas y que quería presenciar lo que tanto estaba esperando. En ese instante, mi mano, sigilosa, y temblorosa, cautiva de la tentación, se fué acercando lentamente hacia ella, recosté mis dedos lateralmente sobre su hombro y empecé a deslizarlos brazo abajo hacia su codo, y fue entonces cuando ella con su mejilla orquestó una mueca al tiempo que encogía su hombro acariciado, acortando la longitud de su cuello. Recuerdo perfectamente como dibujó de nuevo un gesto mas, mientras el bello se le erizaba, y justo en ese preciso instante abrió sus ojos. Ese era el momento del que quería prendarme, el instante que tanto había esperado, quizás no había pasado mucho tiempo, pero para mi había resultado eterno, al estar preso de la ansiedad.

Sus ojos de un verde impresionante, vieron la luz, adormecidos, luminosos, con un color todavía mas vivo, pronunciado y realzado por el reflejo de las lágrimas de su despertar. Aún con ellos entornados,  dirigió su mirada hacia mi y acto seguido me dedicó una sonrisa que acompañó de un Buenos días seguido de un te Quiero al que respondí con un cortés Buenos días, otro te Quiero que adorné, con un dulce beso en sus labios.

 

Ignasi Boya.

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