BELLEZA – De Lucho Santacruz (Argentina)

BELLEZA:

Hacía mucho calor, pero era un calor refrescante: veraniego. Inclusive bajo la sombra que les regalaba el macilento hayal en el que estaban, perlas de sudor conseguían abrirse paso sobre sus mejillas, causando irónicamente que la suave brisa se sintiese mucho más agradable.

Ella sin embargo, había preferido antes refrescarse en el arroyo, mientras él se recostaba bajo un haya cercana con su libreta, observándola; una vista hermosa, naturalmente. Detrás del fino camino de agua, alguna que otra piedra de río estaba esparcida por aquí y allá, más lejos aún, arbustos comunes presidían el lado oeste del hayal. Era casi mediodía, y el sol se dejaba entrever alto entre el millar de hojas verduscas. Ella, húmeda su estilizada figura y recogido su cabello, ni siquiera pestañeó mientras los rayos la cegaban. Él siempre había admirado esa extraña habilidad suya. Acto seguido giró su esbelto cuello y clavó sus lánguidos ojos claros en él.

Cualquiera hubiese dicho que su vestido verde lima se perdería entre el hermoso paisaje pintado, pero no lo hacía. La simpleza de su ropa solo lograba que su bello rostro destacase más entre el agua, las piedras y las plantas, como una pincelada demasiado fuerte sobre un lienzo suave. Ella sonrió, y él la imaginó culpando a Gea por la burda belleza de su creación. ¿Cómo no hacerlo, si además de rivalizar con los atardeceres más deslumbrantes y los crepúsculos más seductores, ella además poseía voluntad?

Ella ganaba una disputa que nunca deseó, ni pidió siquiera. Se le había sido obsequiada una probabilidad de justa perfección y la defendió, hasta que las demás dimitieron. Otrora, la inocencia reclamó su rostro pero una esencia de divinidad permaneció y la hizo bella, lo suficiente para que los ojos de él la buscasen por siempre. Pero era una belleza singular, casi idílica, que no deseaba ser encontrada pero sí admirada en cuanto se descubriese. Era natural, tanto que lograba tachar de artificiales hasta a las flores más silvestres, y en consecuencia, natural era su forma de amar. Tímida pero ardiente tenía la mirada, penetraba en la suya con confianza en sí misma, pero no en los demás.

Él la había amado, inclusive desde antes de que supiera lo que aquello implicaba; no entendía lo que sentía, ni siquiera ahora, así como tampoco la entendía a ella. Pero así como tampoco un niño entiende porqué disfruta un helado, él no necesitaba entender cómo, o por qué amar. ¿Sería acaso, su semblante reticente? ¿Su nariz, acaso su boca fina y para nada carnosa? ¿O quizá fuese su figura, enaltecida ante sus ojos por sus instintos básicos?

Él agradeció que el paisaje tras ella no fuese demasiado atrayente, porque hubiese tenido que elegir en dónde posar sus ojos, como en tantas otras ocasiones tuvo que hacer, dado sus usuales paseos. La naturaleza llamaba a todo ser vivo para que la admirase, pero ella sólo lo llamaba a él. ¿Qué llamado era más merecedor de su tiempo? No podía, nunca pudo, admirar sendos distractores como un excéntrico conjunto. La naturaleza enarbolaba su belleza gracias a la unión de los astros y la madre tierra, mientras que ella excluía cualquier aspecto exterior, extrañándose de todo cuanto osaba recordarle que era un ser vivo, y perecedero. Ese era el motivo por el cual la pugna que lo carcomía era tan necesaria.

Ella recorrió la suave ladera sobre el pequeño arroyo, acercándose al haya. Su figura parecía más deslumbrante gracias a las numerosas gotas de agua que arrancaban ribetes de rayos de sol, y sus mejillas sonrosadas poco a poco adquirían color mientras lo notaba observándola. Él sintió su labio temblar, amaestrado.

Ella ocultó el resto del paisaje reclinándose frente a él, recordándole quien era el ganador indiscutible de su tan conocido arbitraje.

—¿Otra vez escribiendo sobre mí? —preguntó.

Naturalmente, pensó él. ¿Podía siquiera escribir sobre otra cosa?

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