EL RÍO – De Mercedes Palmer (Palma de Mallorca)

Ya desde niño me inquietaba el río que fluía silencioso bordeando la linde del bosque, detrás de nuestra casa. Su curso era lento, su cauce llevaba aguas muertas, tan densas, que a la luz de la tarde parecían sangre coagulada. En sus orillas la atmósfera era insana, el aire estancado olía a moho y podredumbre; en aquel paraje las ramas de los arboles eran como sarmientos, y allí estaba aquel sauce reseco, que inclinado sobre el agua se balanceaba como la cabellera de un ahorcado.

Sí, el río me daba mucho miedo, me parecía perverso su lento discurrir sin ruido, no como el mar, que ruge y se enfurece, se revuelve, choca contra el rompiente esparciendo la espuma de su furia; el mar ataca de frente. Sin embargo el río es solapado, sus aguas se deslizan en un vaivén que mece con un arrullo hipnótico, mientras en el fondo se abren abismos como tumbas y el agua fatigosa arrastra el espanto.

M.P.

12/07/2019

Corazones Rusos – De Antonio Carpi (Lleida)

CORAZONES RUSOS – De Antonio Carpi (Lleida)

 

San Petersburgo, 12 de mayo de 2015

Svetlana Rusleva sujetaba la mano de su marido Igor con toda la ternura que una esposa abnegada puede hacerlo. Llovía en San Petersburgo, pero el sol había salido en los corazones de la familia Ruslev.

Una enfermera bajita y rechoncha interrumpió el momento, era la hora de la cena en el Hospital Central de San Petersburgo y Svetlana soltó la mano de su esposo en un gesto instintivo, como si fuera algo vergonzoso asir la mano del padre de tus hijos tras un trasplante de corazón, que, felizmente había salvado la vida de Igor Ruslev.

Una sopa de col y algo de carne de cerdo, la habitación se inundó del olor a col, mezclado con el característico olor de las estancias hospitalarias. La enfermera dejó la bandeja y desapareció discretamente de la habitación 432 del antiguo centro hospitalario.

—Has sobrevivido cariño, te quiero mucho.

—Yo también te quiero Svetlana, he sobrevivido pese a la ineptitud de los doctores y la antipatía de esa repelente enfermera, ¿cómo se llama…no me acuerdo ni me importa, pero lo importante es que estoy vivo y ¿sabes qué?, me encuentro de puta madre.

Igor apenas decía tacos, y Svetlana se tapo la risita floja que le entró con la mano derecha. Pensó que la sedación y la operación habían alterado a Igor y sobretodo los medicamentos. Mucha gente suele despertar algo alterada de las operaciones, y esta operación no había sido moco de pavo.

—No digas tacos Igor, además te han tratado estupendamente —repuso la mujer en un tono tranquilo para no alterar más al paciente.

—Lo sé cariño, no sé qué me pasa, debe ser la medicación o este maldito olor a col, ¿quién se va a comer eso? ¿Vladimir Putin? porque yo no pienso probarlo.

Los dos estallaron en una sonora carcajada que rompió el silencio del antiguo hospital, que, aunque reformado, no podía disimular su origen soviético.

Teremok 15 de mayo de 2015

Igor Ruslev es un reputado psicólogo de la antigua capital imperial, a sus 53 años había sobrevivido a 3 infartos y sufría serios problemas de corazón, pero su fortaleza interior y física le habían hecho sobrevivir. Sus problemas cardiacos debían ser genéticos ya que el psicólogo era un portento físico, 1,90 y 85 kilos de peso aguantaban sus piernas. Además tenía unas costumbres muy saludables, no bebía ni fumaba, era un profesional respetado, apenas se enfadaba, no decía tacos y era muy respetado y querido en toda la ciudad.

Su esposa Svetlana era 6 años menor que él, moscovita de nacimiento, su familia se había mudado a San Petersburgo cuando ella tenía 12 años debido a la profesión de su padre, un militar de alto rango, que le había inculcado unos valores muy estrictos. Ella siempre recordaba a su progenitor con cariño, era estricto pero un hombre bueno, siempre solía decir. La esposa de Igor era una belleza, una larga melena rubia que le llegaba casi hasta la cintura era su seña de identidad, unos ojos azules y penetrantes eran el centro de atención de un rostro con más que evidentes rasgos eslavos.

Igor Ruslev se recuperó estupendamente, gracias en parte, a su estancia en la dacha que la familia poseía en Teremok en las afueras de San Petersburgo, allí podían disfrutar de la soledad y la tranquilidad del campo al tiempo que huían del bullicio de la ciudad. La pareja solía dar paseos por el campo y por la noche si el tiempo acompañaba, cenaban en la terraza, ahora que el tiempo en esa gélida región empezaba a dar alguna tregua.

El matrimonio tenía dos hijos, que estaban estudiando en Moscú, Vladimir e Irina, y la pareja estaba entusiasmada ya que ese fin de semana sus dos retoños irían a la dacha a pasar el fin de semana y ya estaban haciendo planes.

—Recuerda que Irina no come carne, Igor.

—Estos veganos cada día están peor de la azotea, con lo buena que esta la carne.

— ¡Igor!, ¡que es tu hija! —repuso algo enojada Svetlana.

El esposo se limito a sonreír con una mueca que su mujer no había visto en su vida.

 

Teremok, 17 de mayo de 2015

Pasaban once minutos de las once de la noche, Svetlana tenía la costumbre de irse a dormir pronto, pero aquel día una corazonada le hizo despertarse sobresaltada, las 11 y 11, buena hora, ¿pero dónde está Igor?. Se calzó unas zapatillas, se puso un albornoz y bajó al piso inferior. Puede ser que se haya quedado viendo la televisión o leyendo a Tolstoi (a Igor le fascinaba Tolstoi). No halló rastro de su marido en el piso de abajo. Salió a la terraza, los grillos, pertinaces como un pretendiente estúpido que no se da cuenta que de la chica lo rechaza, grillaban en una sinfonía tan potente como acompasada.

Svetlana divisó entonces a Igor en una hamaca, la mirada perdida, el humo de un cigarro formaba aros volubles en la noche de Teremok, un vaso de agua en la mesita, a la izquierda. La mujer apremió el paso, preocupada ya que Igor no había fumado en su vida, además acababa de salir de una delicada operación a corazón abierto. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que el vaso del que bebía Igor no era de agua, era vodka. Igor era abstemio, al menos hasta aquel día. La moscovita intento no ser muy arisca para reprender a su marido, pero no dudo en exclamar:

—Igor, acabas de salir de una operación a vida o muerte, además tu ni fumas ni bebes, ¿se puede saber qué te pasa?

Igor se giró con la misma mueca que heló la sangre el otro día durante el paseo por el campo, y se limitó a responder: —Déjame en paz, cariño, no te metas en mis asuntos. Mañana hablamos.

 

Teremok, 19 de mayo de 2015

A la mañana siguiente, Svetlana se despertó al alba, no fue capaz  de dormir bien tras la imagen y sobretodo la mueca que había visto en Igor la noche anterior. Se puso a freír unos huevos con beicon, el desayuno favorito de su esposo, para ver si así conseguía una confesión, o al menos una explicación del extraño comportamiento de su marido. Igor bajo las escaleras a un ritmo lento, evidentemente, no estaba acostumbrado a las resacas.

—Buenos días cariño, ¿cómo has dormido?

—Estupendamente, ¿y tú? —respondió Igor.

—No muy bien, lo que vi ayer, no me gusto demasiado.

Igor ni se lo pensó, y descargo su manaza derecha contra el lado derecho de la cara de su amada mujer, gran parte de la sangre fue a parar a los huevos con beicon, las otras salpicaduras del impacto mancharon la encimera e incluso llegaron a estanterías más altas. Svetlana se quedó sin palabras, solo alcanzo a decir: —¿qué haces cariño?, ¿tú no eres así?, ¿qué te pasa?.

El psicólogo se limitó a responder: —He puesto salsa a tu asqueroso desayuno.

—Por favor, Igor, esta noche llegan nuestros hijos, me asustas, nunca me habías puesto la mano encima.

—Perdona querida, no no… no sé que me ha pasado, esa mano no era mía, no sé qué decir, no, no… es que, no tengo explicación, perdóname cariño, voy a curarte eso.

Svetlana se pasó el día lloriqueando, no acababa de entender que ese hombre, cariñoso, educado, inteligente, le hubiese soltado un bofetón de ese calibre. Además la quería mucho, la adoraba, y eso Svetlana lo sabía.

 

Los hijos del matrimonio Ruslev llegaron en el mismo coche sobre las siete de la tarde, aparcaron el coche y corrieron a abrazar a sus padres. Enseguida, Irina exclamo:

—Pero mamá, ¿qué te ha pasado?.

—Nada hija, me caí limpiando la piscina y ya ves que herida más fea, me di en todos los morros.

—Tiene mala pinta, pero en esa zona sanará pronto, —intervino Vladimir para no estropear el momento.

Toda la familia Ruslev, se fundió en un eterno abrazo, aunque Irina, pudo ver la sonrisa de su padre y se le heló la sangre.

—Esta noche haremos barbacoa, con lechugas para Irina, —dijo Igor en tono jocoso.

Toda la familia reía, parecía que la situación había vuelto a la normalidad.

El señor Ruslev dio órdenes para que su familia se relajara, ordenara sus maletas. Él  se encargaría de encender la barbacoa, avivar el fuego, preparar la carne, los condimentos, la mesa, la terraza. Todo.

La familia Ruslev obedeció al instante y dejo al recién operado que actuara a sus anchas. Estaban contentos de que su padre se hubiese recuperado tan rápido, incluso se le veía con más energía que meses atrás.

Igor cortaba grandes trozos de carne con un cuchillo bien afilado, su cerebro le auguraba la buena velada que iban a tener esa noche toda la familia junta, comiendo, ¿bebiendo?, Igor no lo sabía.

El cuchillo estaba manchado, en sus no tan precisos cortes, a Igor se le había caído al suelo y se había manchado de barro. No se preocupó mucho, entro en casa para lavarlo y lo primero que vio fue la espalda de su hijo Vladimir. Ni lo dudó, si lo meto por este lado irá directo al corazón, pensó el psicólogo en su no cuerpo. Una cuchillada bastó para matar a su primogénito, antes de que pudieran reaccionar, Igor acuchilló con saña a si mujer y a su hija. 123 puñaladas en total, una masacre, una carnicería, nada propia del señor Ruslev.

Al señor Ruslev no le temblo el pulso, se puso a desmembrar a los miembros de su familia y los asó en la barbacoa que ya tenía preparada. Le puso salsa barbacoa y le parecieron deliciosos.

Después del festín, al reputado psicólogo de San Petersburgo, le pareció que su vida ya no tenía sentido. Se fumó un cigarro para digerir los restos de sus familiares y se dirigió al garaje de la dacha. Allí hizo un nudo corredizo, tal como le habían enseñado en su estancia en la marina rusa, y se colgó de una viga del garaje. La operación fue perfecta, el cuello quebró en un segundo y la vida del señor Ruslev, y por ende, de la familia Ruslev, se habían acabado para siempre.

 

Vladivostok 2 de junio de 2015.

Un hombre que apestaba a vodka se presentó de improviso en la comisaria de un barrio en los arrabales de Vladivostok.

Era el estibador, Oleg Maslevich, que decía tener pistas sobre la muerte de Sacha Kasperlov, un compañero suyo que había sido hallado ahorcado en su casa y que la policía de Vladivostok había cerrado como un asesinato.

El vecino de los Maslevich, Aleksey Karpov, cumplía condena por el asesinato de Oleg Maslevich, su mujer y sus dos hijos, y de esto ya hacía algunos meses. Oleg explicó que intentó convencer a Sacha Kasperlov para que no se ahorcara y que no pudo, y que al ver que su familia yacía muerta en la inmediaciones de la propiedad, tuvo miedo de que lo acusaran a él de todos los asesinatos. Pero los remordimientos le habían ganado. Había un hombre inocente en la cárcel, y creyó que debía hacer lo correcto.

 

Vladivostok 3 de junio 2015.

En el Hospital de Vladivostok, comprobaban, tras una llamada de la policía local, donde había ido a parar el corazón de Sacha Kasperlov, que por lo visto era donante de órganos. El doctor Kraputin, le dijo a la enfermera:

—Ese corazón fue a parar a San Petersburgo, y se le trasplantó a un tal Igor Ruslev, envía un fax a Moscú, y después a San Petersburgo.

 

CORAZONES RUSOS – De Antonio Carpi (Lleida)

San Petersburgo, 12 de mayo de 2015

Svetlana Rusleva sujetaba la mano de su marido Igor con toda la ternura que una esposa abnegada puede hacerlo. Llovía en San Petersburgo, pero el sol había salido en los corazones de la familia Ruslev.

Una enfermera bajita y rechoncha interrumpió el momento, era la hora de la cena en el Hospital Central de San Petersburgo y Svetlana soltó la mano de su esposo en un gesto instintivo, como si fuera algo vergonzoso asir la mano del padre de tus hijos tras un trasplante de corazón, que, felizmente había salvado la vida de Igor Ruslev.

Una sopa de col y algo de carne de cerdo, la habitación se inundó del olor a col, mezclado con el característico olor de las estancias hospitalarias. La enfermera dejó la bandeja y desapareció discretamente de la habitación 432 del antiguo centro hospitalario.

—Has sobrevivido cariño, te quiero mucho.

—Yo también te quiero Svetlana, he sobrevivido pese a la ineptitud de los doctores y la antipatía de esa repelente enfermera, ¿cómo se llama…no me acuerdo ni me importa, pero lo importante es que estoy vivo y ¿sabes qué?, me encuentro de puta madre.

Igor apenas decía tacos, y Svetlana se tapo la risita floja que le entró con la mano derecha. Pensó que la sedación y la operación habían alterado a Igor y sobretodo los medicamentos. Mucha gente suele despertar algo alterada de las operaciones, y esta operación no había sido moco de pavo.

—No digas tacos Igor, además te han tratado estupendamente —repuso la mujer en un tono tranquilo para no alterar más al paciente.

—Lo sé cariño, no sé qué me pasa, debe ser la medicación o este maldito olor a col, ¿quién se va a comer eso? ¿Vladimir Putin? porque yo no pienso probarlo.

Los dos estallaron en una sonora carcajada que rompió el silencio del antiguo hospital, que, aunque reformado, no podía disimular su origen soviético.

Teremok 15 de mayo de 2015

Igor Ruslev es un reputado psicólogo de la antigua capital imperial, a sus 53 años había sobrevivido a 3 infartos y sufría serios problemas de corazón, pero su fortaleza interior y física le habían hecho sobrevivir. Sus problemas cardíacos debían ser genéticos ya que el psicólogo era un portento físico, 1,90 y 85 kilos de peso aguantaban sus piernas. Además tenía unas costumbres muy saludables, no bebía ni fumaba, era un profesional respetado, apenas se enfadaba, no decía tacos y era muy respetado y querido en toda la ciudad.

Su esposa Svetlana era 6 años menor que él, moscovita de nacimiento, su familia se había mudado a San Petersburgo cuando ella tenía 12 años debido a la profesión de su padre, un militar de alto rango, que le había inculcado unos valores muy estrictos. Ella siempre recordaba a su progenitor con cariño, era estricto pero un hombre bueno, siempre solía decir. La esposa de Igor era una belleza, una larga melena rubia que le llegaba casi hasta la cintura era su seña de identidad, unos ojos azules y penetrantes eran el centro de atención de un rostro con más que evidentes rasgos eslavos.

Igor Ruslev se recuperó estupendamente, gracias en parte, a su estancia en la dacha que la familia poseía en Teremok en las afueras de San Petersburgo, allí podían disfrutar de la soledad y la tranquilidad del campo al tiempo que huían del bullicio de la ciudad. La pareja solía dar paseos por el campo y por la noche si el tiempo acompañaba, cenaban en la terraza, ahora que el tiempo en esa gélida región empezaba a dar alguna tregua.

El matrimonio tenía dos hijos, que estaban estudiando en Moscú, Vladimir e Irina, y la pareja estaba entusiasmada ya que ese fin de semana sus dos retoños irían a la dacha a pasar el fin de semana y ya estaban haciendo planes.

—Recuerda que Irina no come carne, Igor.

—Estos veganos cada día están peor de la azotea, con lo buena que esta la carne.

— ¡Igor!, ¡que es tu hija! —repuso algo enojada Svetlana.

El esposo se limito a sonreír con una mueca que su mujer no había visto en su vida.

 

Teremok, 17 de mayo de 2015

Pasaban once minutos de las once de la noche, Svetlana tenía la costumbre de irse a dormir pronto, pero aquel día una corazonada le hizo despertarse sobresaltada, las 11 y 11, buena hora, ¿pero dónde está Igor?. Se calzó unas zapatillas, se puso un albornoz y bajó al piso inferior. Puede ser que se haya quedado viendo la televisión o leyendo a Tolstoi (a Igor le fascinaba Tolstoi). No halló rastro de su marido en el piso de abajo. Salió a la terraza, los grillos, pertinaces como un pretendiente estúpido que no se da cuenta que de la chica lo rechaza, grillaban en una sinfonía tan potente como acompasada.

Svetlana divisó entonces a Igor en una hamaca, la mirada perdida, el humo de un cigarro formaba aros volubles en la noche de Teremok, un vaso de agua en la mesita, a la izquierda. La mujer apremió el paso, preocupada ya que Igor no había fumado en su vida, además acababa de salir de una delicada operación a corazón abierto. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que el vaso del que bebía Igor no era de agua, era vodka. Igor era abstemio, al menos hasta aquel día. La moscovita intento no ser muy arisca para reprender a su marido, pero no dudo en exclamar:

—Igor, acabas de salir de una operación a vida o muerte, además tu ni fumas ni bebes, ¿se puede saber qué te pasa?

Igor se giró con la misma mueca que heló la sangre el otro día durante el paseo por el campo, y se limitó a responder: —Déjame en paz, cariño, no te metas en mis asuntos. Mañana hablamos.

 

Teremok, 19 de mayo de 2015

A la mañana siguiente, Svetlana se despertó al alba, no fue capaz  de dormir bien tras la imagen y sobretodo la mueca que había visto en Igor la noche anterior. Se puso a freír unos huevos con beicon, el desayuno favorito de su esposo, para ver si así conseguía una confesión, o al menos una explicación del extraño comporta miento de su marido. Igor bajo las escaleras a un ritmo lento, evidentemente, no estaba acostumbrado a las resacas.

—Buenos días cariño, ¿cómo has dormido?

—Estupendamente, ¿y tú? —respondió Igor.

—No muy bien, lo que vi ayer, no me gusto demasiado.

Igor ni se lo pensó, y descargo su manaza derecha contra el lado derecho de la cara de su amada mujer, gran parte de la sangre fue a parar a los huevos con beicon, las otras salpicaduras del impacto mancharon la encimera e incluso llegaron a estanterías más altas. Svetlana se quedó sin palabras, solo alcanzo a decir: —¿qué haces cariño?, ¿tú no eres así?, ¿qué te pasa?.

El psicólogo se limitó a responder: —He puesto salsa a tu asqueroso desayuno.

—Por favor, Igor, esta noche llegan nuestros hijos, me asustas, nunca me habías puesto la mano encima.

—Perdona querida, no no… no sé que me ha pasado, esa mano no era mía, no sé qué decir, no, no… es que, no tengo explicación, perdóname cariño, voy a curarte eso.

Svetlana se pasó el día lloriqueando, no acababa de entender que ese hombre, cariñoso, educado, inteligente, le hubiese soltado un bofetón de ese calibre. Además la quería mucho, la adoraba, y eso Svetlana lo sabía.

 

Los hijos del matrimonio Ruslev llegaron en el mismo coche sobre las siete de la tarde, aparcaron el coche y corrieron a abrazar a sus padres. Enseguida, Irina exclamo:

—Pero mamá, ¿qué te ha pasado?.

—Nada hija, me caí limpiando la piscina y ya ves que herida más fea, me di en todos los morros.

—Tiene mala pinta, pero en esa zona sanará pronto, —intervino Vladimir para no estropear el momento.

Toda la familia Ruslev, se fundió en un eterno abrazo, aunque Irina, pudo ver la sonrisa de su padre y se le heló la sangre.

—Esta noche haremos barbacoa, con lechugas para Irina, —dijo Igor en tono jocoso.

Toda la familia reía, parecía que la situación había vuelto a la normalidad.

El señor Ruslev dio órdenes para que su familia se relajara, ordenara sus maletas. Él  se encargaría de encender la barbacoa, avivar el fuego, preparar la carne, los condimentos, la mesa, la terraza. Todo.

La familia Ruslev obedeció al instante y dejo al recién operado que actuara a sus anchas. Estaban contentos de que su padre se hubiese recuperado tan rápido, incluso se le veía con más energía que meses atrás.

Igor cortaba grandes trozos de carne con un cuchillo bien afilado, su cerebro le auguraba la buena velada que iban a tener esa noche toda la familia junta, comiendo, ¿bebiendo?, Igor no lo sabía.

El cuchillo estaba manchado, en sus no tan precisos cortes, a Igor se le había caído al suelo y se había manchado de barro. No se preocupó mucho, entro en casa para lavarlo y lo primero que vio fue la espalda de su hijo Vladimir. Ni lo dudó, si lo meto por este lado irá directo al corazón, pensó el psicólogo en su no cuerpo. Una cuchillada bastó para matar a su primogénito, antes de que pudieran reaccionar, Igor acuchilló con saña a si mujer y a su hija. 123 puñaladas en total, una masacre, una carnicería, nada propia del señor Ruslev.

Al señor Ruslev no le temblo el pulso, se puso a desmembrar a los miembros de su familia y los aso en la barbacoa que ya tenía preparada. Le puso salsa barbacoa y le parecieron deliciosos.

Después del festín, al reputado psicólogo de San Petersburgo, le pareció que su vida ya no tenía sentido. Se fumó un cigarro para digerir los restos de sus familiares y se dirigió al garaje de la dacha. Allí hizo un nudo corredizo, tal como le habían enseñado en su estancia en la marina rusa, y se colgó de una viga del garaje. La operación fue perfecta, el cuello quebró en un segundo y la vida del señor Ruslev, y por ende, de la familia Ruslev, se habían acabado para siempre.

 

Vladivostok 2 de junio de 2015.

Un hombre que apestaba a vodka se presentó de improviso en la comisaria de un barrio en los arrabales de Vladivostok.

Era el estibador, Oleg Maslevich, que decía tener pistas sobre la muerte de Sacha Kasperlov, un compañero suyo que había sido hallado ahorcado en su casa y que la policía de Vladivostok había cerrado como un asesinato.

El vecino de los Maslevich, Aleksey Karpov, cumplía condena por el asesinato de Oleg Maslevich, su mujer y sus dos hijos, y de esto ya hacía algunos meses. Oleg explicó que intentó convencer a Sacha Kasperlov para que no se ahorcara y que no pudo, y que al ver que su familia yacía muerta en la inmediaciones de la propiedad, tuvo miedo de que lo acusaran a él de todos los asesinatos. Pero los remordimientos le habían ganado. Había un hombre inocente en la cárcel, y creyó que debía hacer lo correcto.

 

Vladivostok 3 de junio 2015.

En el Hospital de Vladivostok, comprobaban, tras una llamada de la policía local, donde había ido a parar el corazón de Sacha Kasperlov, que por lo visto era donante de órganos. El doctor Kraputin, le dijo a la enfermera:

—Ese corazón fue a parar a San Petersburgo, y se le trasplantó a un tal Igor Ruslev, envía un fax a Moscú, y después a San Petersburgo.

EL ASESINATO DE MANSFIELD – De Antonio Carpi (Lleida)

EL ASESINATO DE MANSFIELD:

Jimmy McDowell se balanceaba en la mecedora del porche de su casa a las afueras de Mansfield, atardecía en Texas y a esas horas, Jimmy ya llevaba más de seis latas de cerveza.

Se levantó sin esfuerzo y entró en su casa, a pesar de sus 69 años y su alcoholismo crónico, Jimmy todavía se mantenía en forma. Eran las 8 de la tarde y el tejano realizó su ritual diario. Abrió el cajón de una cómoda desvencijada y cogió la foto de Jessica Smith, salió otra vez al porche y colocó la foto de la joven, de unos 20 años, apoyada en una de las numerosas latas de cerveza que había en la mesa. Volvió a mecerse, miró al horizonte y se puso a pensar. ¿Remordimientos?, alguno, pero le podía más el orgullo de no haber sido detenido por el asesinato de Jessica. Miró a la casa del vecino. Cindy Ritter cosía una prenda de ropa que desde la distancia no pudo reconocer, dos banderas, una de los EE.UU y otra confederada ondeaban en la ventosa tarde de Mansfield. A Cindy le gustaba coser, desde que vivía sola no hacía otra cosa, apenas recibía visitas de alguna vecina o amiga y mucho menos de hombres. Cindy era una mujer mustia, golpeada por las circunstancias de la vida.

—¿Me perdonas Jessi? — yo no quería hacerlo, fue la torpeza de Stephen lo que me dio la idea, yo sólo quería tenerte un par de días en el sótano, contemplar tu belleza rubia y joven, y después soltarte, pero claro…

Un helicóptero interrumpió el soliloquio de Jimmy, volvió a mirar a Cindy, que cosía, ajena al ruido de las aspas.

—¿Sabes Jessi? — prosiguió Jimmy, Stephen fue muy torpe, no debías morir, sabes que te quería mucho, ni siquiera abusé de ti, sólo te até, claro, si no te hubieras escapado. La culpa fue de Stephen, ¿a quién se le ocurre tirar a la basura un preservativo usado?

Jimmy se rascó su poblada barba pelirroja y se dio cuenta de que tenia la camisa de cuadros llena de manchas de cerveza.

—Entonces fue pan comido Jessi, solo tuve que drogarte e introducir el semen de Stephen en tu cuerpo, las piezas iban encajando, tuve que sacrificar un joven e inocente peón para encarcelar a ese hijo de puta. Espero que no sufrieras mucho, yo creo que con el segundo golpe ya estabas muerta, pero te di seis, por si acaso. ¿Me perdonas Jessi?, yo no quería hacerlo, fue Stephen, ese capullo fue muy torpe.

Cindy cosía y cosía, ajena al borracho que hablaba con una foto y que era el culpable de que su marido llevara 20 años en el corredor de la muerte.

—Fue pan comido, con su ADN en tu cuerpo, solo tuve que tirarte por aquí cerca, alguien te encontraría y el principal sospechoso sería Stephen, claro, ya tenía antecedentes, por robo con violencia, innumerables por lesiones, siempre estaba metido en líos con su banda de moteros, además simpatizaba con el Klan.

Ya había anochecido en Texas y Jimmy tuvo una sensación extraña, después de las conversaciones con Jessica, siempre se sentía un poco débil, pero aquel día fue distinto. Como movido por unos hilos invisibles, Jimmy se levantó de la mecedora, entró en el cochambroso cobertizo que hacía las veces de garaje, arrancó su Pontiac del 76 y se dirigió a la comisaría de policía de Mansfield.

Entró con decisión, el ayudante del Sheriff del Condado de Tarrant se levantó protocolariamente y Jimmy, con voz firme y decidida le dijo al funcionario.

—¿Te acuerdas del caso del asesinato hace 20 años de Jessica Smith?

—¿Cómo voy a olvidar esa atrocidad? —respondió el ayudante.

—Pues creo que os equivocasteis, sois bastante inútiles, a Jessica la maté yo, he venido a condenarme, a declarar y a salvar la vida de un hombre malvado pero que no es un asesino.

El policía, empezó a teclear con manos temblorosas, el número de teléfono del Sheriff del Condado de Tarrant.

ACM.

ETÉREO – De Sofía Flemming, Maracaibo (Venezuela)

ETÉREO:

Voy en camino a «El Paraíso», una villa en la montaña, a entregar una caja etiquetada «Frágil» y para reforzar alguien escribió :»Etéreo, extremadamente delicado y ligero, algo fuera de este mundo». También nosotros somos frágiles, nos cuidamos siguiendo, entre muchas, las indicaciones para conducir, colocarnos el cinturón, no usar el teléfono, no comer, no beber ni agua, todo directo a «no distraerse».

En este momento estoy dentro de un vibrante mundo pleno de colores y no puedo disfrutarlo, debo ver el camino, mantenerme en mi carril, mientras mi cerebro está sutilmente alterado porque tiene que elegir entre árboles, flores, hierba, cielo, o un túnel gris y seguro. Me detengo en un de parador, me relajo, aspiro este aire que me tonifica y me deleita.

El cartel dice: Parador Los Enamorados y está junto a un florido jacarandá violeta, que deja caer sus flores, algunas sobre el cerco de seguridad, y otras más allá se quedan en una roca, en un arbusto, las más osadas se pierden de vista. El silencio llama a la fantasía, a la evocación, me dejo llevar y en esta ensoñación siento algo extraño, como si me empujaran, fue una sensación, ¿y ésto de caer como las flores de jacarandá también es una sensación? Trato de asirme al cerco pero se aleja, sus rayas rojas y amarillas, estridentes, no armonizan con el resto del lugar. Es que el cerco es una barrera, es la que me detiene porque se acerca un tren, ver pasar las ventanillas una tras otra me marea, como ahora, que estoy apurada y no logro dar con el tomo de inglés que necesito, tantos estantes con tantos libros, me vuelvo para pedir ayuda, pero no veo a nadie, sin embargo, escucho voces y hay alguien que se queja, suenan muchas voces, es como una extraña melodía, y alguien se queja, y tengo mucho sueño, dormiré unos minutos, la barrera roja y amarilla se desdibuja, se pierde, las voces se callan, ya no caigo, me sostiene una gran roca o ¿es una nube?, sobre mi revolotea una flor violeta y me colma una sensación ¡tan placentera!, recuerdo que la caja decía «Extremadamente delicado y ligero, algo fuera de este mundo», sonrío, así me siento, fuera de este mundo, soy algo etéreo, ¿soy yo? ¿o soy lo que estaba dentro de la caja? no puedo dejar de sonreír.

SKIFREE – De Francisco Flores Bustamante (Santiago de Chile)

SKIFREE – De Francisco Flores Bustamante:

 

El sol de otoño brillaba débil. En el campus universitario había una gran cantidad de familias reunidas. Este era un día de suma importancia para Harold, pues era el día de su titulación. -Harold Reyes. -el director lo llamó, invitándolo a subir al estrado.

Él subió, satisfecho y orgulloso de sí mismo, y estrechó la mano del director.

-Harold, en este día que marcará un antes y un después en tu vida, te hago entrega de este título universitario, el cual te certifica como Ingeniero en minas. ¡Felicidades! Las familias aplaudían y Harold buscó con la vista la suya, y ahí se hallaban presentes sus abuelos, el sobrino pequeño, y su novia, Jane. -Las puertas de nuestra universidad estarán siempre abiertas para un excelente estudiante como tú -dijo el director, y Harold lo abrazó y estrechó su mano nuevamente. Al bajar del estrado, Jane fue la primera en recibirlo con un abrazo.

-Estoy tan orgullosa de ti.

Harold atravesó con ella la multitud de familias y se reunió con sus seres queridos. El abuelo lo felicitó, le dijo lo orgulloso que estaba de que fuera el primer ingeniero en la familia, y añadió:

-Estoy hay que celebrarlo; abriré el whisky que tengo guardado.

En la fría noche se veía una cálida casa de madera con las ventanas encendidas. Harold y su familia se encontraban en la sala de estar, descansando tras haber celebrado por la tarde. Del techo colgaban coloridas letras con la palabra felicitaciones, y en la mesa quedaba la mitad del pastel. Harold dejó el vaso vacío de whisky a un lado, y el abuelo mandó al sobrino a que le sirviera más, pero Harold le dijo que estaba bien.

-Bueno, entonces te lo bebes tú -le dijo el abuelo al sobrino, y éste fue a servir el vaso con una sonrisa. La abuela miró al abuelo con reprobación.

-Querida familia, me gustaría comunicarles algo -Harold se dirigió a ellos, sacando un colorido folleto de su bolsillo y observándolo-. Primero, estoy muy agradecido por la fenomenal celebración que me han hecho. Siempre han estado ahí para mí y me han dado su apoyo. Por eso -les mostró el folleto, el cual tenía el dibujo de una gran montaña blanca-, quiero invitarlos a pasar el fin de semana en este resort. Además me inscribiré Por eso -les mostró el folleto, el cual tenía el dibujo de una gran montaña blanca-, quiero invitarlos a pasar el fin de semana en este resort. Además me inscribiré en la competencia de esquí.

-Revivirás tus días de esquiador -comentó el abuelo. -Así es. Jane se acercó a Harold, abrazándolo y juntando sus labios.

-Te amo. Harold la miró enternecido. Tenía una excelente familia y una novia que lo adoraba. No podía pedir más. Llegaron al centro de esquí y resort Nuevas Esperanzas. En la recepción atendía una joven rubia y delgada.

-Bienvenidos al centro de esquí y resort Nuevas Esperanzas. ¿Reserva para cinco? -Sí, por favor -respondió Harold.

-Muy bien -la joven anotó sus nombres en el libro-; acompáñenme, les mostraré el recinto. Detrás de la cabaña de registro había un espacio circular con un árbol en el centro. Allí había un niño albino que estaba jugando tetris, quien entabló amistad enseguida con el sobrino de Harold. -¿Viniste a esquiar? -le preguntó el niño. -No, mi tío es quien va a hacerlo. Se va a inscribir en la competencia de la montaña. -Asombroso. -Puedes quedarte a jugar con tu nuevo amigo mientras acompañamos a la señorita -dijo el abuelo, y la guía continuó con el recorrido. Pasaron frente a un pequeño edificio de muros púrpura. A través de los cristales se veía gente acomodada en mesas, y se oía la voz de un animador. -Éste es el salón del bingo. El primer juego es gratis, y también contamos con camareros, en caso de que deseen comer o beber algo. -Nosotros entraremos de inmediato al bingo -dijo el abuelo. El bingo era su juego favorito, y ya lo había visto anunciado en el folleto que les mostró Harold.

-Continuemos, por favor -dijo la guía, y condujo a Harold y a Jane a un sector con una fila de cabañas para alojarse. Las cabañas estaban bien equipadas; tenían comodidades y televisión por cable. Esa tarde Harold se inscribió en la competencia de la montaña. Luego fueron a comprar algunas cosas de comer, y por la noche vieron películas en la cabaña. Llegó el día de la competencia. Harold terminaba de prepararse para ésta; se estaba poniendo una calceta verde, sobre el sofá. Llevaba varios colores. -¿Listo? -Jane entró. -Listo. Salieron; y, como en el día anterior, se hallaron ante un mar de nieve. Vieron a muchas personas que subían en dirección al lugar donde se iba a realizar la competencia. Desde donde se encontraban oyeron por altavoz que llamaban a los participantes. Quedaban cinco minutos. De pronto, un hombre harapiento, de barba larga, se les acercó.

-Chico, piensas esquiar en la competencia, ¿no es cierto? -¿Disculpe? Sí, así es. -No hagas tal cosa… Por el amor de Dios…

-Cálmese -lo interrumpió Harold-, ¿puede explicarme a qué se refiere? Jane, de brazos cruzados, observaba al extraño con atención. -Escúchame. Allí arriba habita un monstruo. No, no sólo uno; estoy seguro de que hay más. Mira, yo también fui esquiador -bebió de una botella de whisky que tenía en la mano-. Mi hijo… mi hijo, a él se lo comió esa bestia. Él era un estudiante al igual que tú. En mis tiempos de esquiador vi al monstruo, pero nadie me creyó… -le brotó una lágrima-. Muchacho, no te hundas en esta insondable montaña; si lo haces, el terrible hombre de las nieves vendrá por ti, y te va a devorar… Volvió a beber del whisky y se retiró, tambaleándose. Harold no pudo contener la risa. Pero no fue una risa burlesca, sino más bien tímida. -Es obvio que eso es falso. El yeti, u hombre de las nieves, es una ser perteneciente a la criptozoología. No puede ser real. -Pues él se veía bastante afectado. Y yo le creo. -Jane, sabes qué clase de hombre soy. No creo en tales fantasías. No creo que un hombre de las nieves esté esperándome allí arriba para comerme. -Sólo lo digo porque no sé qué haría si ya no estuvieras. Quiero darte algo. Creo que este es el momento perfecto. Jane le mostró una cajita roja forrada. Dentro tenía dos anillos plateados. -¿Quieres comprometerte conmigo? Los participantes se encontraban en la línea de partida. Harold volvió la vista y vio a su familia y a Jane, apoyándolo. Ya comenzaba. Sintió la brisa fresca en su rostro, y entonces la chicharra anunció el inicio. Comenzó a deslizarse montaña abajo. Primero lento, aunque gradualmente iba aumentando la velocidad. Vio a algunos esquiadores principiantes. Por poco casi chocó contra uno que esquiaba bastante inseguro, cruzando las piernas. Harold esquivaba con gracia los sucesivos pinos nevados. Disfrutaba plenamente de la experiencia. ¿Cuánto faltaba para la meta? Un poco más… Siguió… Y la vio; la meta. Al pasarla oyó la ovación del público, y experimentó la satisfacción de la hazaña lograda. Pero no quiso detenerse. Quiso continuar, en descenso libre hasta alcanzar la falda de la montaña. Pasó los 2000 metros; y continuó bajando, sin ponerse trabas, con la montaña guiándolo. Entonces vio que algo blanco y enorme corría hacia él. Entornó los ojos. ¿Quién era?, ¿una persona? No, era demasiado grande, pensó. No podía ser el… Intentó quitarse de su camino, pero no tuvo suficiente tiempo. La bestia lo levantó como si se tratara de una pluma, y Harold luchó y consiguió soltarse; pero el hombre de las nieves le agarró una pierna y lo arrastró hacia sí. Harold sólo alcanzó a emitir un chillido justo antes de que el monstruo lo triturara con sus fauces.