CONFESIONES DE UN INTERNAUTA EBRIO – De Antonio Carpi (Lleida)

CONFESIONES DE UN INTERNAUTA EBRIO:

Os voy a explicar como la información que recibimos a diario a través de las redes sociales puede influir en un día cualquiera de nuestras rutinarias vidas.

Yo no me creo nada de lo que dice internet, bueno, miento, me creo lo que a mí me interesa, así la vida es mucho más fácil.

El otro día, justo antes de salir del trabajo, como buen funcionario público, estaba navegando por internet, cuando leí una noticia que me llamo la atención: “Una cerveza al día puede resultar muy beneficiosa para nuestra salud”. Perfecto —me dije a mi mismo con una mueca de satisfacción en el rostro—. Si una cerveza al día es saludable, ¡¡¡imagínate 12!!!

Convencido de que aquel día me volvería inmortal, al salir del curro me paré a tomar la primera cerveza en un bar del barrio, caía la tarde sobre la ciudad y al entrar al establecimiento, un boliviano dormitaba sobre la barra y el camarero preparaba platos de café con sus respectivas tazas, azucarillos y cucharillas, esperé pacientemente en la barra durante unos cinco minutos, supuse que el pobre camarero no podía atenderme porque esperaba un autobús de turistas rusos en breve y le deje hacer. Pero me cansé y le dije:

—Perdón, cuando acabe de preparar la avalancha de clientes eslavos, ¿me puede poner una cerveza?

—Menos coña, señor, que ya no son horas —me replicó el muy sinvergüenza después de toda la paciencia que había tenido.

—Perdone usted, Don Bachiller, póngame una San Miguel si vuesa merced es tan amable.

Con esas palabras calmé al trabajador y conseguí mi objetivo, ya me faltaba menos para tener una salud de hierro.

A la cuarta cerveza me entró hambre y le pedí gentilmente a Don Bachiller:

—¿Puede vuesa merced ponerme un bocata de bacon con queso, aunque no sea manchego?

—Lo siento señor, pero es que acabo de limpiar la plancha.

—No se preocupe, ya vendré mañana cuando la plancha esté llena de mierda.

Salí del local, ya sólo me faltaban 8 birras para conseguir la inmortalidad. Caminé unos metros y me metí en otro establecimiento, ya era tarde y una mujer ya entrada en años y tatuada como un legionario barría el local con desdén.

—¿Puedo tomar algo todavía?, veo que está barriendo ya…

—Claro señor, tómese lo que quiera, yo no barro, estoy intentando que arranque mi escoba, soy bruja ¿sabe?

La verdad es que la gente cuando llevas unas birras encimas se vuelve muy rara. Ya no tenía hambre, me tome 4 rubias más y salí del local diciéndole a la bruja legionaria:

—Deje usted de beber señora, que se está volviendo borrosa…

Sólo me faltaban cuatro, me di una vuelta por el barrio y estaba todo cerrado, menos un local con luces de neón y allí que fui de cabeza.

Había unas señoritas ligeras de ropa que se me acercaban todo el rato preguntándome si quería pasar un buen rato, a lo que yo respondía que el buen rato ya lo estaba pasando y además estaba cuidando mi salud.

Luego me di cuenta que eran putas al hablar con un cliente que se sentó a mi lado y que parecía tener también una salud de hierro.

A la duodécima cerveza y ya casi con el objetivo cumplido, me derrumbé y me puse a llorar como un bebé. ¡¡¡Estoy en una casa de lenocinio, como se entere mi mujer me va a dejar!!! —gritaba desconsoladamente.

Al armar tamaño escándalo se acerco una señorita y me empezó a pintar las manos y la camisa blanca con un rotulador rojo, yo me callé de repente, no entendía lo que estaba haciendo esa meretriz. Al acabar de pintarme me colocó el rotulador sin tapa en la oreja izquierda y me dijo:

—Ahora váyase a casa y ya verá como no pasa nada y su mujer no se enfadará con usted.

Salí del puti, me costó media hora encontrar mi portal, me costó 6 minutos abrir la puerta, tiempo más que suficiente para que mi mujer se despertase, abriese la puerta y al verme de esa guisa exclamara:

—¡¡¡Ya has vuelto a ir al Bingo, desgraciado!!!! Anda pasa, pasa…

 

Antonio Carpi.

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