CORAZONES RUSOS – De Antonio Carpi (Lleida)

San Petersburgo, 12 de mayo de 2015

Svetlana Rusleva sujetaba la mano de su marido Igor con toda la ternura que una esposa abnegada puede hacerlo. Llovía en San Petersburgo, pero el sol había salido en los corazones de la familia Ruslev.

Una enfermera bajita y rechoncha interrumpió el momento, era la hora de la cena en el Hospital Central de San Petersburgo y Svetlana soltó la mano de su esposo en un gesto instintivo, como si fuera algo vergonzoso asir la mano del padre de tus hijos tras un trasplante de corazón, que, felizmente había salvado la vida de Igor Ruslev.

Una sopa de col y algo de carne de cerdo, la habitación se inundó del olor a col, mezclado con el característico olor de las estancias hospitalarias. La enfermera dejó la bandeja y desapareció discretamente de la habitación 432 del antiguo centro hospitalario.

—Has sobrevivido cariño, te quiero mucho.

—Yo también te quiero Svetlana, he sobrevivido pese a la ineptitud de los doctores y la antipatía de esa repelente enfermera, ¿cómo se llama…no me acuerdo ni me importa, pero lo importante es que estoy vivo y ¿sabes qué?, me encuentro de puta madre.

Igor apenas decía tacos, y Svetlana se tapo la risita floja que le entró con la mano derecha. Pensó que la sedación y la operación habían alterado a Igor y sobretodo los medicamentos. Mucha gente suele despertar algo alterada de las operaciones, y esta operación no había sido moco de pavo.

—No digas tacos Igor, además te han tratado estupendamente —repuso la mujer en un tono tranquilo para no alterar más al paciente.

—Lo sé cariño, no sé qué me pasa, debe ser la medicación o este maldito olor a col, ¿quién se va a comer eso? ¿Vladimir Putin? porque yo no pienso probarlo.

Los dos estallaron en una sonora carcajada que rompió el silencio del antiguo hospital, que, aunque reformado, no podía disimular su origen soviético.

Teremok 15 de mayo de 2015

Igor Ruslev es un reputado psicólogo de la antigua capital imperial, a sus 53 años había sobrevivido a 3 infartos y sufría serios problemas de corazón, pero su fortaleza interior y física le habían hecho sobrevivir. Sus problemas cardíacos debían ser genéticos ya que el psicólogo era un portento físico, 1,90 y 85 kilos de peso aguantaban sus piernas. Además tenía unas costumbres muy saludables, no bebía ni fumaba, era un profesional respetado, apenas se enfadaba, no decía tacos y era muy respetado y querido en toda la ciudad.

Su esposa Svetlana era 6 años menor que él, moscovita de nacimiento, su familia se había mudado a San Petersburgo cuando ella tenía 12 años debido a la profesión de su padre, un militar de alto rango, que le había inculcado unos valores muy estrictos. Ella siempre recordaba a su progenitor con cariño, era estricto pero un hombre bueno, siempre solía decir. La esposa de Igor era una belleza, una larga melena rubia que le llegaba casi hasta la cintura era su seña de identidad, unos ojos azules y penetrantes eran el centro de atención de un rostro con más que evidentes rasgos eslavos.

Igor Ruslev se recuperó estupendamente, gracias en parte, a su estancia en la dacha que la familia poseía en Teremok en las afueras de San Petersburgo, allí podían disfrutar de la soledad y la tranquilidad del campo al tiempo que huían del bullicio de la ciudad. La pareja solía dar paseos por el campo y por la noche si el tiempo acompañaba, cenaban en la terraza, ahora que el tiempo en esa gélida región empezaba a dar alguna tregua.

El matrimonio tenía dos hijos, que estaban estudiando en Moscú, Vladimir e Irina, y la pareja estaba entusiasmada ya que ese fin de semana sus dos retoños irían a la dacha a pasar el fin de semana y ya estaban haciendo planes.

—Recuerda que Irina no come carne, Igor.

—Estos veganos cada día están peor de la azotea, con lo buena que esta la carne.

— ¡Igor!, ¡que es tu hija! —repuso algo enojada Svetlana.

El esposo se limito a sonreír con una mueca que su mujer no había visto en su vida.

 

Teremok, 17 de mayo de 2015

Pasaban once minutos de las once de la noche, Svetlana tenía la costumbre de irse a dormir pronto, pero aquel día una corazonada le hizo despertarse sobresaltada, las 11 y 11, buena hora, ¿pero dónde está Igor?. Se calzó unas zapatillas, se puso un albornoz y bajó al piso inferior. Puede ser que se haya quedado viendo la televisión o leyendo a Tolstoi (a Igor le fascinaba Tolstoi). No halló rastro de su marido en el piso de abajo. Salió a la terraza, los grillos, pertinaces como un pretendiente estúpido que no se da cuenta que de la chica lo rechaza, grillaban en una sinfonía tan potente como acompasada.

Svetlana divisó entonces a Igor en una hamaca, la mirada perdida, el humo de un cigarro formaba aros volubles en la noche de Teremok, un vaso de agua en la mesita, a la izquierda. La mujer apremió el paso, preocupada ya que Igor no había fumado en su vida, además acababa de salir de una delicada operación a corazón abierto. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que el vaso del que bebía Igor no era de agua, era vodka. Igor era abstemio, al menos hasta aquel día. La moscovita intento no ser muy arisca para reprender a su marido, pero no dudo en exclamar:

—Igor, acabas de salir de una operación a vida o muerte, además tu ni fumas ni bebes, ¿se puede saber qué te pasa?

Igor se giró con la misma mueca que heló la sangre el otro día durante el paseo por el campo, y se limitó a responder: —Déjame en paz, cariño, no te metas en mis asuntos. Mañana hablamos.

 

Teremok, 19 de mayo de 2015

A la mañana siguiente, Svetlana se despertó al alba, no fue capaz  de dormir bien tras la imagen y sobretodo la mueca que había visto en Igor la noche anterior. Se puso a freír unos huevos con beicon, el desayuno favorito de su esposo, para ver si así conseguía una confesión, o al menos una explicación del extraño comporta miento de su marido. Igor bajo las escaleras a un ritmo lento, evidentemente, no estaba acostumbrado a las resacas.

—Buenos días cariño, ¿cómo has dormido?

—Estupendamente, ¿y tú? —respondió Igor.

—No muy bien, lo que vi ayer, no me gusto demasiado.

Igor ni se lo pensó, y descargo su manaza derecha contra el lado derecho de la cara de su amada mujer, gran parte de la sangre fue a parar a los huevos con beicon, las otras salpicaduras del impacto mancharon la encimera e incluso llegaron a estanterías más altas. Svetlana se quedó sin palabras, solo alcanzo a decir: —¿qué haces cariño?, ¿tú no eres así?, ¿qué te pasa?.

El psicólogo se limitó a responder: —He puesto salsa a tu asqueroso desayuno.

—Por favor, Igor, esta noche llegan nuestros hijos, me asustas, nunca me habías puesto la mano encima.

—Perdona querida, no no… no sé que me ha pasado, esa mano no era mía, no sé qué decir, no, no… es que, no tengo explicación, perdóname cariño, voy a curarte eso.

Svetlana se pasó el día lloriqueando, no acababa de entender que ese hombre, cariñoso, educado, inteligente, le hubiese soltado un bofetón de ese calibre. Además la quería mucho, la adoraba, y eso Svetlana lo sabía.

 

Los hijos del matrimonio Ruslev llegaron en el mismo coche sobre las siete de la tarde, aparcaron el coche y corrieron a abrazar a sus padres. Enseguida, Irina exclamo:

—Pero mamá, ¿qué te ha pasado?.

—Nada hija, me caí limpiando la piscina y ya ves que herida más fea, me di en todos los morros.

—Tiene mala pinta, pero en esa zona sanará pronto, —intervino Vladimir para no estropear el momento.

Toda la familia Ruslev, se fundió en un eterno abrazo, aunque Irina, pudo ver la sonrisa de su padre y se le heló la sangre.

—Esta noche haremos barbacoa, con lechugas para Irina, —dijo Igor en tono jocoso.

Toda la familia reía, parecía que la situación había vuelto a la normalidad.

El señor Ruslev dio órdenes para que su familia se relajara, ordenara sus maletas. Él  se encargaría de encender la barbacoa, avivar el fuego, preparar la carne, los condimentos, la mesa, la terraza. Todo.

La familia Ruslev obedeció al instante y dejo al recién operado que actuara a sus anchas. Estaban contentos de que su padre se hubiese recuperado tan rápido, incluso se le veía con más energía que meses atrás.

Igor cortaba grandes trozos de carne con un cuchillo bien afilado, su cerebro le auguraba la buena velada que iban a tener esa noche toda la familia junta, comiendo, ¿bebiendo?, Igor no lo sabía.

El cuchillo estaba manchado, en sus no tan precisos cortes, a Igor se le había caído al suelo y se había manchado de barro. No se preocupó mucho, entro en casa para lavarlo y lo primero que vio fue la espalda de su hijo Vladimir. Ni lo dudó, si lo meto por este lado irá directo al corazón, pensó el psicólogo en su no cuerpo. Una cuchillada bastó para matar a su primogénito, antes de que pudieran reaccionar, Igor acuchilló con saña a si mujer y a su hija. 123 puñaladas en total, una masacre, una carnicería, nada propia del señor Ruslev.

Al señor Ruslev no le temblo el pulso, se puso a desmembrar a los miembros de su familia y los aso en la barbacoa que ya tenía preparada. Le puso salsa barbacoa y le parecieron deliciosos.

Después del festín, al reputado psicólogo de San Petersburgo, le pareció que su vida ya no tenía sentido. Se fumó un cigarro para digerir los restos de sus familiares y se dirigió al garaje de la dacha. Allí hizo un nudo corredizo, tal como le habían enseñado en su estancia en la marina rusa, y se colgó de una viga del garaje. La operación fue perfecta, el cuello quebró en un segundo y la vida del señor Ruslev, y por ende, de la familia Ruslev, se habían acabado para siempre.

 

Vladivostok 2 de junio de 2015.

Un hombre que apestaba a vodka se presentó de improviso en la comisaria de un barrio en los arrabales de Vladivostok.

Era el estibador, Oleg Maslevich, que decía tener pistas sobre la muerte de Sacha Kasperlov, un compañero suyo que había sido hallado ahorcado en su casa y que la policía de Vladivostok había cerrado como un asesinato.

El vecino de los Maslevich, Aleksey Karpov, cumplía condena por el asesinato de Oleg Maslevich, su mujer y sus dos hijos, y de esto ya hacía algunos meses. Oleg explicó que intentó convencer a Sacha Kasperlov para que no se ahorcara y que no pudo, y que al ver que su familia yacía muerta en la inmediaciones de la propiedad, tuvo miedo de que lo acusaran a él de todos los asesinatos. Pero los remordimientos le habían ganado. Había un hombre inocente en la cárcel, y creyó que debía hacer lo correcto.

 

Vladivostok 3 de junio 2015.

En el Hospital de Vladivostok, comprobaban, tras una llamada de la policía local, donde había ido a parar el corazón de Sacha Kasperlov, que por lo visto era donante de órganos. El doctor Kraputin, le dijo a la enfermera:

—Ese corazón fue a parar a San Petersburgo, y se le trasplantó a un tal Igor Ruslev, envía un fax a Moscú, y después a San Petersburgo.

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