EL ASESINATO DE MANSFIELD – De Antonio Carpi (Lleida)

EL ASESINATO DE MANSFIELD:

Jimmy McDowell se balanceaba en la mecedora del porche de su casa a las afueras de Mansfield, atardecía en Texas y a esas horas, Jimmy ya llevaba más de seis latas de cerveza.

Se levantó sin esfuerzo y entró en su casa, a pesar de sus 69 años y su alcoholismo crónico, Jimmy todavía se mantenía en forma. Eran las 8 de la tarde y el tejano realizó su ritual diario. Abrió el cajón de una cómoda desvencijada y cogió la foto de Jessica Smith, salió otra vez al porche y colocó la foto de la joven, de unos 20 años, apoyada en una de las numerosas latas de cerveza que había en la mesa. Volvió a mecerse, miró al horizonte y se puso a pensar. ¿Remordimientos?, alguno, pero le podía más el orgullo de no haber sido detenido por el asesinato de Jessica. Miró a la casa del vecino. Cindy Ritter cosía una prenda de ropa que desde la distancia no pudo reconocer, dos banderas, una de los EE.UU y otra confederada ondeaban en la ventosa tarde de Mansfield. A Cindy le gustaba coser, desde que vivía sola no hacía otra cosa, apenas recibía visitas de alguna vecina o amiga y mucho menos de hombres. Cindy era una mujer mustia, golpeada por las circunstancias de la vida.

—¿Me perdonas Jessi? — yo no quería hacerlo, fue la torpeza de Stephen lo que me dio la idea, yo sólo quería tenerte un par de días en el sótano, contemplar tu belleza rubia y joven, y después soltarte, pero claro…

Un helicóptero interrumpió el soliloquio de Jimmy, volvió a mirar a Cindy, que cosía, ajena al ruido de las aspas.

—¿Sabes Jessi? — prosiguió Jimmy, Stephen fue muy torpe, no debías morir, sabes que te quería mucho, ni siquiera abusé de ti, sólo te até, claro, si no te hubieras escapado. La culpa fue de Stephen, ¿a quién se le ocurre tirar a la basura un preservativo usado?

Jimmy se rascó su poblada barba pelirroja y se dio cuenta de que tenia la camisa de cuadros llena de manchas de cerveza.

—Entonces fue pan comido Jessi, solo tuve que drogarte e introducir el semen de Stephen en tu cuerpo, las piezas iban encajando, tuve que sacrificar un joven e inocente peón para encarcelar a ese hijo de puta. Espero que no sufrieras mucho, yo creo que con el segundo golpe ya estabas muerta, pero te di seis, por si acaso. ¿Me perdonas Jessi?, yo no quería hacerlo, fue Stephen, ese capullo fue muy torpe.

Cindy cosía y cosía, ajena al borracho que hablaba con una foto y que era el culpable de que su marido llevara 20 años en el corredor de la muerte.

—Fue pan comido, con su ADN en tu cuerpo, solo tuve que tirarte por aquí cerca, alguien te encontraría y el principal sospechoso sería Stephen, claro, ya tenía antecedentes, por robo con violencia, innumerables por lesiones, siempre estaba metido en líos con su banda de moteros, además simpatizaba con el Klan.

Ya había anochecido en Texas y Jimmy tuvo una sensación extraña, después de las conversaciones con Jessica, siempre se sentía un poco débil, pero aquel día fue distinto. Como movido por unos hilos invisibles, Jimmy se levantó de la mecedora, entró en el cochambroso cobertizo que hacía las veces de garaje, arrancó su Pontiac del 76 y se dirigió a la comisaría de policía de Mansfield.

Entró con decisión, el ayudante del Sheriff del Condado de Tarrant se levantó protocolariamente y Jimmy, con voz firme y decidida le dijo al funcionario.

—¿Te acuerdas del caso del asesinato hace 20 años de Jessica Smith?

—¿Cómo voy a olvidar esa atrocidad? —respondió el ayudante.

—Pues creo que os equivocasteis, sois bastante inútiles, a Jessica la maté yo, he venido a condenarme, a declarar y a salvar la vida de un hombre malvado pero que no es un asesino.

El policía, empezó a teclear con manos temblorosas, el número de teléfono del Sheriff del Condado de Tarrant.

ACM.

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