EL BOSQUE – De Gloria Martín (Lleida)

EL BOSQUE:

Esta noche que nunca termina cae sobre mí con una negrura como pintada a mano. Me hallo en una mazmorra oscura, sin ventanas. Después de que me rompieran los huesos en el torno, creo que pasé mucho tiempo con la conciencia perdida, sin poder llevar la cuenta de las lunas. Quizás me envuelve sólo la oscuridad, y no la noche.

¡Oh, mi amado bosque!, lo que más me atormenta de este cautiverio que, a buen seguro, acabará en la hoguera, es que me hayan apartado de ti.

Al principio, íbamos al bosque de hayas en pleno día, a hacer nuestros trabajos. En el pueblo había hambre y enfermedades, y la desesperanza se había apoderado, sobre todo de las mujeres. Muchas se habían vuelto estériles, a otras se les morían los hijos antes de quitárselos de los pechos, porque no tenían leche. Casi todas sufrían la violencia de sus hombres, pero no eran capaces de sobrevivir sin su favor. Era hermoso el legado que a mí y a mis hermanas de destino nos habían dejado nuestras madres y nuestras abuelas. Ellas practicaban el arte de centrar sus energías, su voluntad y sus emociones en realizar cambios favorables para su entorno y para ellas mismas. Eran seres libres y en armonía con la naturaleza, diosa madre de todas las criaturas que pueblan la tierra. Mujeres y hombres les pedían consejo y ayuda para los males del cuerpo y del alma, y eran respetadas. A nosotras, sus hijas y nietas, muertas ellas, se nos dio el mismo trato, hasta que las creencias paganas fueron arrasadas por el cristianismo, y la Inquisición nos consideró adoradoras del demonio. ¿Cómo habíamos de adorarlo si no creíamos en su existencia? Eran ellos, con su Dios todo bondad, que necesitaban inventarse un ser opuesto que justificara el mal.

Empezó una persecución despiadada contra las “brujas”, pero seguimos recogiendo nuestras hierbas y ramas mágicas y curativas entre los matorrales que bordeaban el bosque, junto a las hayas o al lado de los arroyos. Seguimos elaborando con ellas bebedizos para hacer amarres de amor, curar diarreas y fiebres, conseguir que las yermas concibieran y que los impotentes recuperaran el vigor. Seguimos repartiendo talismanes –cristalillos, guijarros, dientes, colas y plumas de animales, pequeños huesos-, que atraían energías positivas y curaban del mal de ojo. Seguimos fabricando velas con cera de abejas o manteca de vaca para que se cumplieran los buenos deseos. Juro que jamás adoramos otra cosa que el aire, el fuego, el agua y la tierra y que sólo nos guiaba el afán de hacer más llevadera nuestra áspera vida y la de nuestros vecinos.

Pero el celo de su sacerdote y algunas envidias acabaron por poner al pueblo contra nosotras, a pesar de que a escondidas, eran aún muchos los que solicitaban nuestra ayuda. Terminamos viviendo en el bosque, escondidas como alimañas. Lavábamos nuestros harapientos vestidos en los riachuelos, mientras nos bañábamos desnudas. Fabricamos nuestros cuencos con barro para hervir los bebedizos, adornamos nuestras muñecas con pulseras de lianas y nuestros cuellos con colgantes de semillas vacías. Construimos altares de madera. Dormíamos sobre el suelo. Todas sabíamos que aquellos días en que nuestros cuerpos, todos a la vez, expulsaban la mala sangre, la luna llena nos daba más poder; era entonces, cuando al amparo de la noche, las trece formábamos el círculo mágico y bebíamos hasta que la envoltura formada por los huesos y la carne desaparecía, y nuestro espíritu quedaba libre, y era capaz de volar hasta el centro de las estrellas, mientras oía los colores y paladeaba los sonidos y tocaba el silencio, sólido como un puño de piedra cayendo sobre las charcas. Éramos felices y a nadie dañábamos.

Siento la lengua llena de ceniza y creo que una flor de sangre se me abre debajo de los párpados. Me lamo las llagas como los perros y no puedo levantarme del suelo. Pero todavía poseo el poder de soñar. Sueño con mi bosque, sueño con las risas de mis hermanas, todas muertas. Sueño con que, algún día, los hombres conocerán esta historia como es, y no como será contada. Y, en medio de mis sueños, oigo pasos. Se abre la puerta. Vienen a por mí. No tengo miedo.

2 thoughts on “EL BOSQUE – De Gloria Martín (Lleida)

  1. Relato sugerente, que me ha hecho ver, una vez más, que desde siempre se ha condenado al diferente y se le ha apartado y culpado de los males de todos. Gloria Martín, nos lo describe, nos pone en situación y nos revela la manera de sentir de esas personas marginadas durante siglos, con un estilo sereno y claro que nos traslada, con natural sencillez, al ambiente boscoso y miserable de otra época, haciéndonos palpar el desamparo de unas personas que no comprenden el por qué de su trágico destino, que los convierte en chivos expiatorios de la incultura y del temor.
    Me ha gustado.

  2. Emocionante relato el de Gloria. Me ha hecho desear ir a un bosque para aspirar el aroma que le es vetado a la protagonista. Evocador e inspirador.

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