EL CABRERO – De Jandro (Lleida)

EL CABRERO:

El recorrido que cada día, justo a la hora de la siesta, emprendía Rufino con los cántaros vacíos
tenía que ser espectacular. Yo divisaba a lo lejos la montaña donde aguardaban las cabras para
ser vaciadas y barruntaba el sendero zigzagueante que se dibujaba en ella. Por eso le pedí un
día al cabrero de Viandar de la Vera que, si era posible, me dejara acompañarle a él y a su hijo
Filomeno, aprovechando que estaba pasando unas cortas vacaciones en el pueblo.
Acababa de echarme en el jergón cuando Rufino golpeó la ventana y, con voz autoritaria y casi
musical, me sacó de mi incipiente sueño. “Vamos Catalino, ¿vas a venir o no?”. En el pueblo no
me llamaban José Eduardo, era “el Catalino”, y no por deformación de una hipotética madre o
esposa se llamara Catalina sino por mi procedencia catalana.
Me calcé mis deportivas, salí al exterior y emprendimos la marcha hacia la cima del monte. El
chaval no nos acompañaba porque la fiebre le tenía hecho polvo desde primera hora de la
mañana. “Está… digamos que jodío el Filo, pero ya ha venido Don Claudio y le ha pinchado, así
es que mañana a por la leche otra vez”. Rufino fruncía el ceño cuando lo decía. Ya no quería
subir solo a ordeñar a las cabras y a él la fiebre nunca le echó para atrás. Como vi que podían
pintar bastos me ofrecí a llevar uno de los cántaros pero él se negó en redondo con un “Quita
p’allà joder”. De modo que yo a obedecer y a disfrutar de la ruta. Empezaba a entender por
qué Rufino era conocido en el pueblo como “el pocashostias”.
Le seguía por el sendero unos cuantos pasos detrás de él. A nuestra izquierda se abría un
hermoso valle, ya muy profundo porque llevábamos más de una hora subiendo, y al fondo una
minúscula figura se movía casi paralelamente a nosotros per en dirección contraria.
– Mira ahí va “el Casquero” – me indicó Rufino- También tiene algunas cabras pero de
siempre ha vivido de la única tienda del pueblo. Ahí se encuentra de todo, su familia
inició el negocio con productos de la casquería. De ahí el mote.
Tras la presentación a distancia que me hizo Rufino de su vecino, ambos iniciaron una
conversación que transcurría a base de gritos, silbidos y frases que, a mi entender, no eran
entendibles. Pero ellos no tenían problema y cada uno de los sonidos que emitían era
percibido y correspondido con otro. Rufino se despidió con un semiaullido y me miró de refilón
esbozando una pícara sonrisa. “Anda, vamos a seguir subiendo, jejeje”. Estaba seguro que no
había pillado nada de la conversación, pero yo sabía que en algún momento aparecí en ella y
no precisamente como un héroe senderista.
El final del camino desembocaba en una llanura verde y allí estaban la cabras, a su aire,
mordisqueando el pasto. Nuevos silbidos de Rufino y los animales reaccionaron agrupándose.
Su reloj biológico les marcaba la hora y la orden sonora de su pastor hizo el resto.
– Coge a ésta, a “la Legionaria” – me dijo Rufino mientras me lanzaba uno de los dos
cubos que llevaba.
Me dispuse a ordeñar la cabra “militar” sin advertirle para nada que jamás había ejercido el
oficio, pero pensé que tampoco tenía que ser tan difícil. Total, hay que apretar y estirar. Rufino
vaciaba a “la Pinta” y no paraba de mover la cabeza y sonreír al ver que por mucho que yo
apretaba y estiraba no conseguía sacar ni un dedo de leche.

– No te compliques Catalino que la primera vez nunca sale bien. Mira, déjalo y disfruta
del paisaje y del aire puro que se respira aquí. Llévatelo a la ciudad en la memoria y en
los pulmones.
Así lo hice. La planicie era extensa, me impregné de su verdor y aireé mis grises pulmones
capitalinos. Al cabo de una media hora Rufino me gritó: – Vamos Catalino, ahora sí. – Cogí uno
de los cántaros y emprendimos el descenso. El atardecer ya llamaba a la noche.

JANDRO.

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