EL DESVÁN – De Antonio Carpi (Lleida)

Caía la tarde en la meseta norte española, Esperanza contemplaba el anaranjado atardecer desde el balcón de su casa aprovechando la extraña quietud y sosiego que reinaba en la antigua vivienda, sita en la Plaza Mayor de la localidad. Sus hijas se habían ido de compras a la capital, llevándose con ellas a los más pequeños y los nietos mas mayores deambulaban por la plaza del pueblo y aledaños con su pandilla.

—Castilla tiene el mar en el cielo, solía decir Esperanza siempre que observaba aquella maravilla de la naturaleza.

La vivienda era una típica edificación castellana antigua, de cuatro plantas, si contamos el jardín trasero por el que se accedía por una puerta falsa, cosa que fascinaba a todos los niños, ya que si empujabas un perchero con espejo, la puerta se abría con un chirrido, unas escaleras de piedra descendían hacía lo desconocido y un pasillo en forma de ele llegaba a la puerta del jardín que merecía muchos cuidados si no quería ganarse el adjetivo de selvático. A la derecha, antes de entrar en la selva jardín, quedaba la antigua bodega, que olía a rancio y no era apta para aracnofóbicos. En ese pasillo, también se hallaba la antigua gloria, ya en desuso, un sistema de calefacción, en el que la combustión se hace fuera del local a calentar, evitando el enfriamiento por el aire exterior.

En la primera planta, a la derecha el comedor, y tres escalones mas arriba, mas allá del perchero que nadie diría que es una puerta hacia las profundidades de la morada, se encontraba la cocina, el cuarto de invitados y un pequeño aseo.

La vivienda, pese a estar reformada, conservaba ese aire rústico y añejo que habría hecho pagar 2000 euros mensuales de alquiler a cualquier australiano despistado y potentado, y ya herido por asta en las fiestas de San Fermín.

Esperanza gozaba de la tranquilidad de la casa, su marido, Gabriel, un arquitecto jubilado, cuidaba del jardín, ambos disfrutaban de la tranquilidad del momento, tanto era así, que Esperanza se había embadurnado la cara con una crema blanquecina, tan blanca como el camisón largo que llevaba.

En la segunda planta sólo había dormitorios y un baño, a ésta, se accedía por unas escaleras de madera (éstas ya reformadas) y mientras subías, veías «EL CUADRO»,  de frente, no podías ver otra cosa, el campo visual no te lo permitía. En un marco, y pulcramente arreglado, tal y como se ataviaban los prohombres de antaño Gonzalo Fonseca de Otazu, un antepasado de la familia y antiguo notario del pueblo, te escudriñaba con la mirada, ya fueras a izquierda o derecha. Era una de esas imágenes que te seguían con la mirada y que tan nervioso ponen a algunas personas. Las malas lenguas del pueblo decían que Gonzalo murió en extrañas circunstancias y que no tenía la afición del vino, pero si otras mas oscuras y esotéricas. La familia siempre negaba a mayor.

Esperanza se acordó, al atisbar el ocaso natural, que el desván necesitaba una bombilla nueva, atravesó toda la segunda planta arrastrando las zapatillas por el suelo de madera, Gonzalo Fonseca de Otazu la vio venir y la vio alejarse sin mover los ojos. La puerta del desván quedaba a escaso metro y medio del cuadro de Gonzalo Fonseca de Otazu.

Esperanza abrió con esfuerzo el pestillo, con tan mala suerte que se pillo el dedo indice de cuando consiguió descorrerlo.

—Vaya —pensó Esperanza— también es mala suerte. La herida era indolora pero empezó a sangrar profusamente. La mujer, se limpiaba inconscientemente la sangre en su albo camisón, que se fue tiñendo de rojo poco a poco. Esperanza sólo tenia una cosa en la cabeza, cambiar la bombilla y salir de allí escopetada, ya que sufría de claustrofobia. Aprovechó las últimas luces del día para guiarse en el antiguo desván, cambió la bombilla y se apresuró a bajar por las escaleras antes de que los últimos rayos de sol se desvanecieran.

—Tenemos una casa encantada — dijo Luis a sus amigos, que estallaron en carcajadas, al fin y al cabo Luis era el menor del grupo. Pero el pequeño no se amilanó, más al ver que sus primos gemelos, Antonio y Javier, le daban la razón.

—¿Podemos ir a verla? —preguntó Ernesto con mucho entusiamo, entre el alborozo general de la cuadrilla.

Los tres primos se miraron, y se encogieron de hombros. El resto del grupo ya arrastraba a todo el grupo ante las vacilaciones de los primos y en 3 minutos ya cruzaban el soportal que daba acceso a la puerta de la morada.

Los hermanos gemelos acababan de cumplir 12 años y sus padres les habían dejado unas llaves por si pasaba cualquier cosa.

—Deberíamos haber avisado a la abu —dijo el pequeño Luis mientras se soplaba el flequillo.

—No pasa nada, diremos que hemos venido a beber agua —respondieron los gemelos.

 

Esperanza, descendió el ultimo escalón y empujo la puerta para salir otra vez a la tercera planta y notó que la puerta no se abría, por unos segundos se le paró el corazón, y sus miedos mas ancestrales y atávicos, le subieron por la médula espinal. Lo probó por segunda vez, a veces estas puertas se atrancan —se dijo a si misma para tranquilizarse. Nada, la puerta no se abría, y la mujer, presa del empezó a aporrear la puerta y a llamar a su marido: ¡¡¡Gabriel, Gabriel!!. Empezó a rascar la puerta y en su frenesí se rompió una uña, que añadió mas sangre a su ya colorado camisón. Después notó que el aire no le llegaba al cerebro, que la puerta se movía, perdió el conocimiento y se desmayó.

 

—¿Qué queréis ver primero el desván o el jardín? —preguntó Javier.

—¡¡¡El jardín, el jardín!!! —clamó la cuadrilla al unísono.

—Pues veremos el desván, que el jardín es el plato fuerte, además nunca adivinaríais por donde se entra.

—¿Entonces para qué preguntas? —preguntó uno de los chicos con un tono entre enfadado y divertido que hizo estallar una carcajada general.

La cuadrilla entonces subió las escaleras como una manada de búfalos, curiosos y excitados por aquella promesa de misterio que le habían hecho sus amigos.

Esperanza se despertó con el alboroto de los mozos y se dio cuenta enseguida que estaba salvada, aunque no entendía porque el pestillo estaba echado, a no ser que Gabriel hubiera subido un segundo mientras cambiaba la bombilla…pero no no, fue muy poco tiempo. Mientras elucubraba, se iba incorporando apoyando sus brazos en la pared, el costalazo que se había dado había sido muy a tener en cuenta.

 

—Mirad, este es Olegario, el fantasma de la casa, no se llama así, pero le hemos bautizado así porque tiene un nombre muy raro —dijo Luis con mucha seriedad. Los amigos ya no reían tanto y se iban imbuyendo en la situación de la casa encantada y misteriosa.

Esperanza, entre el mareo y el golpe no se había situado aun y cuando Javier abrió el pestillo lo único que pudo hacer la abuela fue alzar los brazos en señal de júbilo y pronunciar unas palabras ininteligibles mientras salia por la puerta del desván.

El grupo, ante la visión de una figura antropomorfa, amortajada, llena de sangre y con la cara blanca, huyó como alma que lleva el diablo, empujándose unos a otros y chillando aterrorizados, alguno se tropezó y bajo rodando las escaleras. A los dos minutos ya estaban en el bar de al lado diciendo que había un fantasma en la casa de Esperanza. Por fortuna, una pareja de la Guardia Civil estaba tomando café y se adentró en la vivienda pistola en mano y preguntando: ¿Quién vive?.

Aquí vive Esperanza, y es lo último que se pierde. La Guardia Civil, al ver a la mujer con la crema y la herida, enseguida se preocupó por la situación y ellos mismos llevaron a la mujer a urgencias, mientras le preguntaban, curiosos, lo que había pasado. También se llevaron a Andresito, que en la apresurada huida, había rodado por las escaleras y se había abierto la cabeza.

Gabriel gritaba desde la puerta que el no había cerrado el pestillo, con una podadora en la mano.

Olegario, en su cuadro, esbozaba una sonrisa.

 

 

 

 

 

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