EL EXTRANJERO – De Octavi Franch – Calafell (Tarragona)

EL EXTRANJERO                                                                      Octavi Franch


Hacía tan solo un cuarto de hora que había llegado a la ciudad. Casi dos metros de altura, el
pelo negro hasta el cinturón y la mirada bermeja. Todo él apestaba a nicho. A medida que se
adentraba en el tránsito de chiribitas y chillidos de la urbe, se iba sacudiendo el azufre
acumulado durante el viaje.
De cabeza a la iglesia. Cuando llegó, forzó el cerrojo y entró. Picores. Náusea. Mareo.
Era la parte que más odiaba de su profesión.
Amparado por la oscuridad, el extranjero observaba cómo el padre Aníbal limpiaba
los utensilios con los cuales había descuartizado a su última víctima. Al extranjero, se le rizó
el flequillo cuando vio el cristo, a escala natural, que se levantaba detrás del escritorio del
capellán. El cura rezongaba no sé qué de un manitas. Que la imagen del hijo de Dios
chirriaba. Repantingado en su sillón, Aníbal repasaba la agenda del día siguiente.

 

—Buenas noches, Aníbal.
Después de un segundo de vacilación, el párroco asumió con desdén la situación del
recién llegado, del extranjero.
—Buenas noches…
—Legnadroc, a vuestro servicio.
—Las Santas Escrituras siempre han hablado de los de vuestra raza.
—Pero nunca habíais tenido la oportunidad de dialogar con uno, ¿verdad?
—Supongo que era cuestión de suerte —apuntó el eclesiástico, desafiante.
—La suerte no existe, Aníbal; a estas alturas, ya lo tendrías que saber.
—¿Puedo saber por qué has venido?
—¿A mí me lo preguntas? Aníbal…
—Todavía no puedo irme: es demasiado pronto, aún no he acabado la misión que
me ha encomendado el Señor.
—Querido Aníbal, no entremos en polémica ahora. Lo único que os puedo decir es
que yo solo cumplo órdenes de mi Maestro. Y, por cierto, tendríamos que darnos prisa. Os
lo pido por favor…
—Mi Señor me salvará. Debe haber un error en todo esto…
—Vuestro Señor, como lo nombráis, está harto de vos. Os habéis pasado de la raya.
Ya hace muchísimo tiempo que lo sabéis.
—No me dais miedo. ¿Me oís? ¡Ni vos ni vuestro Maestro!

Pactaron un silencio de unos segundos. Por su parte, el padre Aníbal permanecía
inmóvil, sentado en su butaca, y tan solo se veía capaz de gemir. Legnadroc, en cambio,
silbaba una melodía imposible y se aseaba las uñas con el abrecartas que había encontrado
en medio de un montón de papeles desparramados por el escritorio del cura.

—Dios mío… —sollozó el párroco.

Ambos se miraron. El capellán lloraba, rendido. El extranjero sonreía. Solo tenían
que esperar.
Un instante más tarde, el cristo volvió a chirriar y resbaló pared abajo hasta caer
encima de Aníbal y chafarle la cabeza.

 

FIN

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *