EL HOMBRE QUE QUISO SER HONESTO – De Abuelo.com

EL HOMBRE QUE QUISO SER HONESTO        (La Playa – Un Oasis del Desierto)    

 

No sé de donde le vino la decisión de ser un hombre honesto toda su vida. Tal vez la educación familiar  fue la causa, pues provenía de una rancia familia con antecedentes en el almirantazgo de la armada española cuando la pérdida de las colonias, con un arraigado sentido del honor,  algunas de cuyas historias oyó contar de niño que acabaron impregnándosele en la piel. O la educación religiosa de su adolescencia, para la que la ambición  y posesión de riquezas no era el camino de acceso a la gloria. O cierta debilidad de carácter que le inducía a no meterse en líos de dudoso resultado y a comportarse correctamente, como la mejor forma de no tener que dar explicaciones. O su egoísmo, pues  la rectitud le abría la confianza de las personas o de las instituciones y cimentaba su prestigio social. En definitiva, por la razón que fuera, decidió ser honesto.

Se había jubilado dando por cumplido ese compromiso vital y la satisfacción moral le compensaba de los teóricos beneficios que hubiera podido alcanzar si hubiera aceptado las ocasiones de medrar desechadas  en su juventud  en aras de sus convicciones. Tranquilidad de conciencia que le permitía coger rápidamente el sueño  sin la ayuda de  sedantes. La verdad es que no podía concederse alegrías onerosas, que suplía con actividades creativas y el afecto de los suyos. Su mujer se  había adaptado a la situación  sin lamentarse y él se lo agradecía.

Repasaba mentalmente su trayectoria, mientras mantenía una conversación veraniega con un conocido, empeñado hostilmente en  desmontársela por increíble. Él, ante en aquel inesperado duelo dialéctico, procuraba contrarrestarle replicando con  convencimiento y seguridad en defensa de su dignidad.

Un comentario  sobre la reciente declaración de un  político reconociendo haber defraudado a hacienda durante cuarenta años, había sido la espoleta. Esa confesión, que implicaba a todo el clan familiar, acababa de provocar una  tormenta mediática, elevando de grado el nivel de corrupción del estamento político surgido con la democracia y la decepción popular.

El Chiringuito – Acuarela del autor.

En un momento de la charla, se había  lamentado de ese comportamiento y su interlocutor, con la locuacidad y ardor que propician unos chupitos de sobremesa, le echó en cara su hipocresía, dejando claro que aquí todo el mundo, que  había podido, había hecho lo mismo.

Sintió un pinchazo en la fibra más sensible de su espíritu y ante las alusiones personales de su interlocutor, al que sólo conocía superficialmente, reaccionó con bravura para decir que no era cierto. El otro le miró con incredulidad y aunque procuró evitar que se sintiera molesto concediéndole el personal beneficio de la duda, le replicó que conocía a muchos de sus colegas, y que las prácticas corruptas eran lo habitual en su profesión. Que no le viniera con la monserga de que él no había caído, en alguna ocasión, en la tentación de ejercerlas.

Procuró serenarse y contestarle con el convencimiento de quien se somete a un detector de mentiras. No tenía pruebas que ofrecerle a parte de su palabra, ni quería romper la veraniega y superficial relación; pues aparte de aquella inesperada actitud impertinente era un individuo afable, simpático y hasta gracioso. Esperaba convencerle con la transpiración porosa de honradez que se esforzaba en emitir e impregnar  a su contertulio por no tener  más arma que la del convencimiento personal, y le consolaba pensar que aquel hombre se había desenvuelto en un entorno corrupto y bastante pena tenía con ello. Y por eso insistió que en otros lugares  existían comportamientos honestos a nivel personal y profesional. Quedó la polémica en suspenso cuando  intervino su mujer  ratificando la honradez de su esposo. La palabra de ella tuvo la suficiente capacidad de convicción para terminar, tal vez por  educación, con la discusión y desviarla hacia otro tema.

La cortesía de las tablas  en que terminó la partida le produjo un gran desasosiego. La corrupción de unos políticos mancha a todos y al ciudadano también. De nada vale una vida honesta, pues, todos hemos pasado a ser corruptos por naturaleza. No vale la pena pregonar lo contrario, como hizo en aquella conversación veraniega, pues no se convence a nadie. Se pierde el tiempo. Así de penoso.

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