EL VIGILABEBÉS – De Antonio Carpi (Lleida)

EL VIGILABEBÉS:

 

María Victoria nunca se echaba la siesta, era una costumbre que había perdido desde que dio a luz a dos preciosos gemelos.

Álvaro y Gonzalo eran el sostén de esta madre de 38 años, que tras sufrir un aborto hacía 5 años, había caído en una profunda depresión y había sido tratada por los mejores psicólogos de Valladolid, que cada uno, a su manera, habían medicado a María Victoria, sin acabar de dar con el diagnóstico.

La madre de los gemelos era una mala paciente, y ella era la primera en reconocerlo, compaginaba la medicación con el alcohol y estaba cayendo en una espiral cada vez más peligrosa. Además, le habían encontrado unas manchas en el pulmón y un médico le había aconsejado que el clima de la costa podría ayudar al precario equilibrio mental y físico de María Victoria.

Gonzalo Arranz, su marido, no dudo en hacer las maletas y trasladar a toda su familia a Santander, pensando que eso sería un punto de inflexión para todos y soñaba con una nueva vida a orillas del cantábrico, con su preciosa pero conflictiva mujer y sus dos gemelos, que ya habían cumplido 9 meses de vida.

El pater familias, conociendo la debilidad, las dudas y los problemas que padecía su esposa, había comprado un vigilabebés de última generación, con cámara incorporada, desde donde se podía controlar en todo momento a los pequeños.

María Victoria, había perdido la costumbre de dormir después de comer, esos niños no la dejaban descansar.

—Son quejicas, como su padre — solía decirse a sí misma en los momentos de debilidad—  y subía con una lentitud exasperante las escaleras que conducían a la habitación de los bebés para intentar calmarlos.

Aquella tarde Gonzalo se había tomado la tarde libre y le había dicho a su mujer que estuviese preparada a las cinco para ir a caminar por el Paseo Marítimo y pasar así, una buena jornada en familia.

María Victoria era bastante desordenada en todos los sentidos de su vida, y esto, se agudizó tras el aborto que tuvo un lustro atrás. Para lo único que era metódica y escrupulosa era para la ropa de sus hijitos. Siempre que tenían que salir, dejaba extendida en la cama toda la ropita que iban a lucir ese día Álvaro y Gonzalo, y aquella tarde no había sido la excepción, ya lo tenía todo preparado.

Hacía apenas una semana que se habían instalado en una casa de dos pisos en una urbanización a las afueras de la capital cántabra, y María Victoria se sobresaltó al oír el timbre. Eran las 4 de la tarde y saltó como un resorte del sofá por el sobresalto. Miró con cautela la mirilla, y pudo ver a una mujer con una bandeja en la mano. Era la vecina. No había entablado todavía ninguna conversación con ella pero sabía que vivía en la urbanización así que decidió abrir la puerta.

—Buenas tardes, no sé si son horas…

—Pase, pase, no se preocupe, mis hijos suelen arruinarme la siesta pero hoy están extrañamente callados.

—Muy amable, soy Sonia, la vecina, y quería darles la bienvenida con estos sobaos pasiegos.

—Por favor, no hacía falta, es usted muy amable, siéntese en el sofá que le preparo un café y degustamos esas delicias locales.

Sonia se acomodó en el sofá, de cara al vigilabebés, y vio como los dos pequeños dormían plácidamente en la habitación de arriba.

—Son unos angelitos —dijo Sonia mientras sorbía la taza de café.

—No te creas, ya te he dicho que hoy es una excepción, son bastante llorones.

Tras unos minutos de presentaciones y charlas sobre temas triviales, Sonia dulcificó la expresión de su rostro y dijo mientras miraba la pantalla del vigilabebés:

—¡Ohhhh! no me extraña que estén tan calladitos y calmados, si tienen a su hermanita que les cuida y les arropa.

—Que…que hermanita, de que… ¿que está diciendo?

—Sí, lo he visto por esa pantalla, esa niña rubia con trenzas y un vestido negro de unos 5 años, que les arropaba y les acariciaba la cabeza.

A María Victoria le empezó a dar vueltas la cabeza, miró a la pantalla del vigilabebés y allí sólo estaba la cuna, con los dos pequeños durmiendo a pierna suelta.

—Perdona Sonia, mi marido llega a las cinco y hemos quedado para salir a dar un paseo, no quiero ser descortés pero… —dijo María Victoria algo aturdida.

—Sí, entiendo no se preocupe, ya sabes donde encontrarme — dijo Sonia mientras se levantaba.

La madre de los gemelos, volvió a mirar a la pantalla una vez hubo escuchado el portazo de la vecina. Álvaro y Gonzalo dormían, todo estaba en orden.

—Menuda loca, o necesita gafas o está peor que yo —se dijo a si mismo María Victoria esbozando una media sonrisa.

Pero la curiosidad fue más fuerte y se quiso asegurar personalmente. Se dirigió a las escaleras y al pisar el primer escalón, un escalofrió le recorrió la espalda, cuando llegaba al final de las escaleras, un sudor frio empezó a brotar por todos los poros de su piel. Le temblaban las piernas y estaba mareada. Se armó de valor y abrió la puerta donde dormían los bebés y allí los vio, en su cuna, sanos y salvos, en el reino de Morfeo.

Pensó en despertarlos y empezar a vestirlos, ya eran casi las cinco, y al mirar a la cama, allí estaba la ropita de los gemelos preparada, y a su lado, un vestido negro, con unos zapatitos y unos calcetines con borlas, todo ello de la talla de una niña de cinco años.

Más temblor de piernas, más sudor frío, y el golpe del cuerpo de la mujer al caer al suelo desmayada, despertó a Álvaro y a Gonzalo.

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