EN ALGÚN LUGAR DE GALICIA – De Antonio Carpi (Lleida)

EN ALGÚN LUGAR DE GALICIA:

 

A 7 kilómetros al sur de O Grove, en una remota cala de la abrupta costa gallega, tres sombras desafiaban a la pertinaz lluvia que les había de acompañar toda la noche.

Laureano encendía un cigarro con otro, ese hombre, de espesa barba y prominente barriga, más parecía un patán de segunda que un narco de primera. Desde que había abandonado su hogar en Cambados, huyendo de los garrotazos de su padre, ese sinvergüenza borracho que le había partido más de una rama de cedro en el lomo, Laureano había aprendido a buscarse la vida en el alambre, primero con pequeños trapicheos, después controlando el contrabando de tabaco a gran escala. Ahora habían decidido dar el gran paso. La cocaína.

Vicente también fumaba, “Terito” (como era conocido en los ambientes de la mafia gallega), era el capo, el hombre elegante, la antítesis de Laureano. Pulcramente vestido, esperaba a una distancia prudencial de la pareja. Siempre fue reacio a dar el salto del tabaco a la droga. El tabaco era rentable, la droga lo era más, pero era mucho más peligrosa.

La tercera sombra de la cala era Esther, la pareja de Laureano, que siempre acompañaba a su marido a todas las operaciones. Con el pelo excesivamente cardado, unos tacones kilométricos y un abrigo de piel, contrastaba con el rudo hombre que tenía al lado, echando frenéticas bocanadas de humo a la luna gallega.

Laureano nunca llegó e entender porque Esther se empeñaba en acompañarle a todos los lados, no sabía si le ponían cachonda esas operaciones o es que unos celos enfermizos cegaban a la mujer. Se decantaba por la segunda opción. Estaba claro que el dinero del narco influía sobremanera en el amor que sentía Esther por aquel tipo.

Faltaban 15 minutos para la hora acordada las 4 de la mañana, no había un alma a kilómetros a la redonda. La soledad de aquellas tres siluetas sólo se veía interrumpida por el oleaje que rompía con fuerza sobre las rocas, y las pestes que echaba Laureano cuando perdía la fe y la paciencia:

—Malditos colombianos, como nos den porquería juro que les marco la cara para siempre a esos cerdos.

—Cálmate hombre, el contacto es de fiar —intervino Terito con aplomo— si nos la juegan una vez, alguien sufrirá las consecuencias, no creo que sean tan imbéciles para engañarnos en la primera transacción.

Laureano se calmó, y empezó a evocar con nostalgia aquellos tiempos del tabaco, menos rentable pero mucho más seguro.

Y allí estaban, en el culo del mundo, tres personas muy diferentes entre sí, pero unidas por una misma pasión: el dinero.

A las 4 de la mañana, puntuales como una abuela de Manchester a la hora del té con sus amigas, una embarcación se aproximó a la cala, se identificó con la contraseña acordada y tres tipos, que ya parecían curtidos en estos menesteres, empezaron a descargar unos fardos que hacían un ruido hueco al caer al suelo. Una vez terminada la operación, Terito sacó una navaja, abrió los 4 paquetes y cató toda la mercancía.

—Todo en orden, dale el maletín Laureano.

Laureano se acercó a la barca y entregó el maletín a los colombianos, y uno de ellos empezó a contar el dinero. De repente, uno de los traficantes de la barca sacó una pistola y les pilló a todos desprevenidos.

—Alejaos de los fardos, creo que nos quedaremos con la mercancía y con la pasta —dijo el colombiano entre las carcajadas de sus compañeros.

Terito dudó pero se alejó de los fardos, Esther huyó despavorida pero Laureano se negaba a soltar la droga y empezó a insultar a los timadores.

Tres disparos rompieron el silencio de la costa gallega, tres certeros disparos. Tres cadáveres flotaban en el agua.

Laureano miró a la izquierda, y entre las rocas se podía entrever una alta silueta con una capa y un tricornio. Les había salvado la vida. Sólo faltaba comprobar si era de los suyos.

3 comentarios sobre “EN ALGÚN LUGAR DE GALICIA – De Antonio Carpi (Lleida)

  1. Antonio Carpi tiene un talento innato para salpicar sus historias negras de un humor ácido, entre anglosajón y «estepario ibérico», que engancha al lector y le arranca una sonrisa cuando menos se lo espera. ¿Estamos ante un futuro crack de la novela negra? El tiempo lo dirá, pero yo, de él, me lanzaría rápidamente a la aventura; ¡madera hay de sobras!

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