EUNUCO TORERO – de Melo (Lleida)

Fray Roberto vagaba por callejuelas de adoquines escoltado por palacetes de cúpulas
gallonadas. Portones de madera labrados al abrigo de alfices de arco de herradura.
Quebraba el silencio reinante los borbotones de agua de las fuentes de los patios
interiores de las casas. Caminar sosegado para desembocar en la plaza de la iglesia,
en el flanco derecho de ésta nacía una callejuela de barro que conducía a una
laberíntica organización de casuchas de adobe y piedra. Hedor de eflujos de orina y
heces, de sangre y miseria que fluía en superficie para regocijo de las ratas recién
invasoras de Europa. A lo lejos se hacía audible el griterío de la muchedumbre. En una
explanada el pueblo se congregaba. Fray Roberto con esmero se coló a empujones de
los presentes, suscitando a su paso risotadas alcohólicas i sornas bufonas.
Pudo llegar a la altura de unas talanqueras que cercaban en diámetro inferior la
explanada. Centrada la escena en el interior del ruedo el espectáculo: un caballo
montado sin rienda por un jinete sobre sus lomos ante los vítores y aplausos de un
público entregado. En la tribuna un hombretón presentó el siguiente espectáculo
provocando carcajadas iracundas del gentío asilvestrado.
Fray Roberto se centró atónito en el improvisado coso.
Hizo acto de presencia en la plaza un joven casi del todo desnudo, como única prenda
llevaba en la cabeza calada una gorra frigia de lana de astracán tejida. Esquelético
humano imberbe, le colgaba entre las raquíticas piernas como único atributo, un pene
huérfano de bolsa escrotal. Colgajo de funciones mutiladas pendiendo de su pared
ventral.

– ¡Persa capado que tienes los mismos cojones que yo! – bramaba una mujer al
torero a hombros de un hombre levantándose las faldas dejando ver su
pelambre inguinal.
– ¡Hasta de mi debes tener envidia! – Vociferaba otro habiendo éste trepado a un
poste del cercado bajándose los pantalones para mostrar sus nalgas peludas
entre las que asomaba la cubierta enrojecida de sus pelotas
Fray Roberto mareado por lo observado se santiguaba tomando entre su hábito un
crucifijo escondido.
Sonaron ocarinas haciéndose el silencio, continuaron ya en melodía las chirimías y
dulzainas. De un portón cual toriles salió bravo un toro marrajo. Poderosos cuartos
traseros, aldiblanco de remos, capa negra bañando el resto. Esbelta cruz muriendo en
poderoso cuello. Tremenda cabeza despuntada en perfecta astifina cornamenta.
Rezumaba energía la bestia recorriendo indómito el ruedo con envites al viento.
Zancudo rápido que a cada suspiro de su aliento transitaba cuatro metros.
El joven persa inició la tienta encontrando respuesta de la fiera. A cada posta del toro
un bamboleo preciso del torero. El público expectante aplaudía o silbaba. Al tiempo, el
toro perdía consistencia de aplomos y tomaba arena. El joven desafiante y enaltecido
por su faena desafiaba al público entre abucheos.

El torero tiró su gorra sobre la arena, ritual que había popularizado. Pisando el eunuco
persa la boina se preparaba saltar a la cruz del animal sin envainar espada alguna
para llegar al fin de la taurocatapsia.
El toro con profundo resuello captaba la incitación del joven. Éste pisando su boina
con el pie izquierdo adelantó el derecho en batida. Sus espaldas erguidas, la cara
enjuta y la cabeza hundida en el pecho, escote brío, mirada desafiante, provocando
con sus brazos separados del torso el arranque del bóvido para una suerte con
resultado de vida o muerte.
Al toro le temblaba el lomo, ese nervio punzante que se manifestó en una explosión
de sus bipartidas manos. Polvareda arenosa del coso para una carrera brava. La
suerte estaba echada.
Inició el persa castrado su ofensiva con la fatalidad que su pie izquierdo resbaló sobre
la gorra que pisaba. La inercia del movimiento encontró anticipadamente la
cornamenta del astado. Encornado desde el diafragma hasta el esternón quedó el
mozo castrado tendido en el ruedo antes de la expiración.
Y Fray Roberto extasiado sentenció:
– la boina del eunuco persa entre su cuerpo inerte y la arena presa quedó

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