LA FE DEL CARRETERO – De Manuel Martín Ibáñez (Lleida)

LA FE DEL CARRETERO:

Las bodegas, que se veían en las colinas como agujeros hechos por unos topos gigantescos, estaban protegidas por unas toscas puertas de madera que daban acceso a unos escalones que bajaban hasta la estancia donde aguardaban, casi vacías, unas grandes tinajas de barro con tapa de madera, esperando ser llenadas con el vino negro, fuerte y oloroso, que tan bien saben apreciar los cetineros. Vino, que iba a reposar en el mejor ambiente para adquirir cuerpo, aroma y el justo grado de alcohol, según las recetas de los viejos vinateros.

Llegar a las bodegas no era fácil, pues los caminos de piedra eran estrechos y empinados, poniendo a prueba a hombres y animales, que se esforzaban al límite para subir las empedradas cuestas. Con Pedro no nos perdíamos el espectáculo de ver tirar a los mulos y caballos del carro lleno de recipientes con mosto. Las pobres bestias de carga hincaban las pezuñas con los cascos herrados en la tierra, desprendiendo piedras y chispas al contacto con sus herraduras, mientras el carretero a cargo les pegaba con la punta del palo en los ijares, animándoles con floridas blasfemias a remontar la subida. El hombre, mientras juraba recordando a todos los santos del cielo, empujaba con la misma nobleza y tozudez que los animales de tiro.

Dicen los curas que antes se blasfemaba mejor, porque se creía más en Dios. Debo pensar que aquellos muleros eran cristianos creyentes y desde luego, si era cuestión de fe, ellos la tenían, porque siempre lograban subir los repechos. La fe del carretero.

2 comentarios sobre “LA FE DEL CARRETERO – De Manuel Martín Ibáñez (Lleida)

  1. Me ha parecido magnífico el relato de Manuel Martín. Es uno de tantos fragmentos preciosos de su novela autobiográfica «Un cuento en la mochila». Martín nos demuestra que, en literatura, lo sencillo no es lo fácil, con este retrato del mundo rural de los años cincuenta del siglo pasado.
    ¡Espero más de este escritor!

  2. Este mini relato, me hace reflexionar sobre la infancia que tuvimos nosotros y la que heredan los críos ahora. Y me sacude una rabia y tristeza, por lo que se pierden estos y lo que cocemos nosotros. Aunque quizás sea al revés… No se, no se.
    Magnífico el relato.

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