LO CUENTO YO – De Jandro (Lleida)

Lo Cuento yo:

¡Si señor!, no es que me sienta orgulloso de lo que he hecho, pero de mí no se ríe nadie. Si alguna vez llegaron a pensar que la atracción del sonido de mi flauta solo surtía efecto con los malditos roedores, iban listos. Me encargué rápidamente de que el engaño al que había sido sometido no se olvidara por muchos años en la villa. Acompasé musicalmente la entrada en la cueva de toda la infancia del pueblo. El tema era una mezcla de marcha animada, pegadiza para los inocentes oídos, y fanfarria final dedicada a las fuerzas vivas de la localidad que habían querido cambiar la historia sin contar conmigo.

El día anterior el mismísimo alcalde me había prometido una estimable recompensa si conseguía librar al pueblo de la multitud de ratas que se adueñaban de calles y casas. Estaban desesperados y, para mí, que fueron tan generosos en la oferta porque no me creyeron nunca capaz de cumplir la promesa que yo si iba a observar, siendo como soy enemigo absoluto de cualquier tipo de estafa, a pesar de que me sirva de la música para hacerme con las voluntades.

Se equivocaban, porque muy pronto conseguí acertar con una melodía que caló sin remedio en la de los molestos animalillos. Abandonaban las casas por las ventanas, bajaban de las aceras y, obedientes, nos siguieron a la flauta y a mí hasta que las alejé totalmente sin posibilidad de regreso.

Yo había cumplido. Ellos no, y creo que fueron merecedores del castigo que les apliqué, aunque quizá me pasara con la tipología de las víctimas. Los niños no tenían la culpa.

 

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