EN ALGÚN LUGAR DE GALICIA – De Antonio Carpi (Lleida)

EN ALGÚN LUGAR DE GALICIA:

 

A 7 kilómetros al sur de O Grove, en una remota cala de la abrupta costa gallega, tres sombras desafiaban a la pertinaz lluvia que les había de acompañar toda la noche.

Laureano encendía un cigarro con otro, ese hombre, de espesa barba y prominente barriga, más parecía un patán de segunda que un narco de primera. Desde que había abandonado su hogar en Cambados, huyendo de los garrotazos de su padre, ese sinvergüenza borracho que le había partido más de una rama de cedro en el lomo, Laureano había aprendido a buscarse la vida en el alambre, primero con pequeños trapicheos, después controlando el contrabando de tabaco a gran escala. Ahora habían decidido dar el gran paso. La cocaína.

Vicente también fumaba, “Terito” (como era conocido en los ambientes de la mafia gallega), era el capo, el hombre elegante, la antítesis de Laureano. Pulcramente vestido, esperaba a una distancia prudencial de la pareja. Siempre fue reacio a dar el salto del tabaco a la droga. El tabaco era rentable, la droga lo era más, pero era mucho más peligrosa.

La tercera sombra de la cala era Esther, la pareja de Laureano, que siempre acompañaba a su marido a todas las operaciones. Con el pelo excesivamente cardado, unos tacones kilométricos y un abrigo de piel, contrastaba con el rudo hombre que tenía al lado, echando frenéticas bocanadas de humo a la luna gallega.

Laureano nunca llegó e entender porque Esther se empeñaba en acompañarle a todos los lados, no sabía si le ponían cachonda esas operaciones o es que unos celos enfermizos cegaban a la mujer. Se decantaba por la segunda opción. Estaba claro que el dinero del narco influía sobremanera en el amor que sentía Esther por aquel tipo.

Faltaban 15 minutos para la hora acordada las 4 de la mañana, no había un alma a kilómetros a la redonda. La soledad de aquellas tres siluetas sólo se veía interrumpida por el oleaje que rompía con fuerza sobre las rocas, y las pestes que echaba Laureano cuando perdía la fe y la paciencia:

—Malditos colombianos, como nos den porquería juro que les marco la cara para siempre a esos cerdos.

—Cálmate hombre, el contacto es de fiar —intervino Terito con aplomo— si nos la juegan una vez, alguien sufrirá las consecuencias, no creo que sean tan imbéciles para engañarnos en la primera transacción.

Laureano se calmó, y empezó a evocar con nostalgia aquellos tiempos del tabaco, menos rentable pero mucho más seguro.

Y allí estaban, en el culo del mundo, tres personas muy diferentes entre sí, pero unidas por una misma pasión: el dinero.

A las 4 de la mañana, puntuales como una abuela de Manchester a la hora del té con sus amigas, una embarcación se aproximó a la cala, se identificó con la contraseña acordada y tres tipos, que ya parecían curtidos en estos menesteres, empezaron a descargar unos fardos que hacían un ruido hueco al caer al suelo. Una vez terminada la operación, Terito sacó una navaja, abrió los 4 paquetes y cató toda la mercancía.

—Todo en orden, dale el maletín Laureano.

Laureano se acercó a la barca y entregó el maletín a los colombianos, y uno de ellos empezó a contar el dinero. De repente, uno de los traficantes de la barca sacó una pistola y les pilló a todos desprevenidos.

—Alejaos de los fardos, creo que nos quedaremos con la mercancía y con la pasta —dijo el colombiano entre las carcajadas de sus compañeros.

Terito dudó pero se alejó de los fardos, Esther huyó despavorida pero Laureano se negaba a soltar la droga y empezó a insultar a los timadores.

Tres disparos rompieron el silencio de la costa gallega, tres certeros disparos. Tres cadáveres flotaban en el agua.

Laureano miró a la izquierda, y entre las rocas se podía entrever una alta silueta con una capa y un tricornio. Les había salvado la vida. Sólo faltaba comprobar si era de los suyos.

LOS PATIOS DE MI VIDA

RETRATO:

Mi infancia son recuerdos de dos patios leridanos, uno particular y otro escolar. Mi infancia son rodillas magulladas y ensangrentadas, partidos de fútbol con pelotas de tenis y bancos que hacían las veces de porterías.

Tres estaciones en Cataluña, la más calurosa la pasaba en Castilla.

Mi niñez recuerda algodones familiares, más tras la pérdida de la figura paterna, que me deja la duda si este triste acontecimiento, acaecido poco después de que un bigotudo con tricornio asaltará el Congreso de los Diputados, ha cambiado el devenir de mi existencia.

Recuerdo el olor a vino barato de mi cuidadora gallega, la alegría de mis hermanas correteando en el gran piso de Obispo Messeguer, donde he vuelto hace poco.

Recuerdo a mi madre multiplicándose por mil para criar a cuatro niños sola, a mi abuela materna, la única que conocí, sentada pacientemente en un banco de Rambla de Aragón y premiándonos con un caramelo Sugus casi cada tarde.

Después mudanza, de Obispo Messeguer a Canónigo Brugulat, donde el patio de mi casa era particular, y las aventuras y travesuras con mis vecinos y amigos.

Mi paso por la escuela fue feliz, sin grandes sobresaltos, debido a mi carácter reservado, hice pocos pero buenos amigos, no me metí en excesivos líos, pero sí que mi gran memoria me jugó una mala pasada, porque cuando toco estudiar de verdad, fui un mal estudiante, poco constante.

Pasé por la universidad sin pena ni gloria, quizás es esto de lo que más me arrepiento en mi vida, no tuve la oportunidad de probar mi vocación periodística y me perdí entre normas jurídicas, artículos de la Constitución y reglamentos que me superaron y dejé la carrera.

En esa época donde se forjan los ideales, la rebeldía de mi juventud me hizo interesarme en el socialismo, incluso coquetear con el marxismo, más por encajar en el rebaño universitario, que por otra cosa, pero 2 tardes de lectura en la biblioteca de la Universidad, me desencantaron. Ahora quiero a mi familia, a mi municipio, a mi región y a mi patria, y no tengo más política que la de intentar ser coherente. Nunca iría una guerra por defender mis ideas, al fin y al cabo ¿quién me asegura que no puedo estar equivocado? Pero no callo, eso no, creo en la libertad de pensamiento y así lo manifiesto.

Tras el desencanto universitario, me puse a trabajar entre valles angostos en un pequeño país situado entre Francia y España. Cinco años, cinco, donde aprendí un poco la lengua de Molière y supere unos cuantos prejuicios, aunque debo confesar que no todos.

Vuelta a mi querida ciudad, tras ese lustro montañés, a seguir trabajando de lo mismo, con la diferencia de que cuando yo me iba a descansar, la gente se dirigía a trabajar.

Después llegó la crisis, tijerazo de personal y paro, varios proyectos empresariales, alguno con mucho potencial, echado a perder por incompatibilidad de caracteres.

Y aquí estoy, en mi PC, intentando escribir algo que no conozco todavía ya que soy de la opinión que nadie se conoce totalmente a sí mismo. Yo por lo menos, no.

Para acabar, filias y fobias, mis filias, la familia, los amigos y la tierra que me vio nacer. Mis fobias, la hipocresía y la doblez. Detesto las caretas.

Y así acaba su retrato, con las dos orejas intactas, un orgulloso catalán, con sangre castellana y aragonesa. Una persona buena para los demás aunque a veces malo para mí.

EL VIGILABEBÉS – De Antonio Carpi (Lleida)

EL VIGILABEBÉS:

 

María Victoria nunca se echaba la siesta, era una costumbre que había perdido desde que dio a luz a dos preciosos gemelos.

Álvaro y Gonzalo eran el sostén de esta madre de 38 años, que tras sufrir un aborto hacía 5 años, había caído en una profunda depresión y había sido tratada por los mejores psicólogos de Valladolid, que cada uno, a su manera, habían medicado a María Victoria, sin acabar de dar con el diagnóstico.

La madre de los gemelos era una mala paciente, y ella era la primera en reconocerlo, compaginaba la medicación con el alcohol y estaba cayendo en una espiral cada vez más peligrosa. Además, le habían encontrado unas manchas en el pulmón y un médico le había aconsejado que el clima de la costa podría ayudar al precario equilibrio mental y físico de María Victoria.

Gonzalo Arranz, su marido, no dudo en hacer las maletas y trasladar a toda su familia a Santander, pensando que eso sería un punto de inflexión para todos y soñaba con una nueva vida a orillas del cantábrico, con su preciosa pero conflictiva mujer y sus dos gemelos, que ya habían cumplido 9 meses de vida.

El pater familias, conociendo la debilidad, las dudas y los problemas que padecía su esposa, había comprado un vigilabebés de última generación, con cámara incorporada, desde donde se podía controlar en todo momento a los pequeños.

María Victoria, había perdido la costumbre de dormir después de comer, esos niños no la dejaban descansar.

—Son quejicas, como su padre — solía decirse a sí misma en los momentos de debilidad—  y subía con una lentitud exasperante las escaleras que conducían a la habitación de los bebés para intentar calmarlos.

Aquella tarde Gonzalo se había tomado la tarde libre y le había dicho a su mujer que estuviese preparada a las cinco para ir a caminar por el Paseo Marítimo y pasar así, una buena jornada en familia.

María Victoria era bastante desordenada en todos los sentidos de su vida, y esto, se agudizó tras el aborto que tuvo un lustro atrás. Para lo único que era metódica y escrupulosa era para la ropa de sus hijitos. Siempre que tenían que salir, dejaba extendida en la cama toda la ropita que iban a lucir ese día Álvaro y Gonzalo, y aquella tarde no había sido la excepción, ya lo tenía todo preparado.

Hacía apenas una semana que se habían instalado en una casa de dos pisos en una urbanización a las afueras de la capital cántabra, y María Victoria se sobresaltó al oír el timbre. Eran las 4 de la tarde y saltó como un resorte del sofá por el sobresalto. Miró con cautela la mirilla, y pudo ver a una mujer con una bandeja en la mano. Era la vecina. No había entablado todavía ninguna conversación con ella pero sabía que vivía en la urbanización así que decidió abrir la puerta.

—Buenas tardes, no sé si son horas…

—Pase, pase, no se preocupe, mis hijos suelen arruinarme la siesta pero hoy están extrañamente callados.

—Muy amable, soy Sonia, la vecina, y quería darles la bienvenida con estos sobaos pasiegos.

—Por favor, no hacía falta, es usted muy amable, siéntese en el sofá que le preparo un café y degustamos esas delicias locales.

Sonia se acomodó en el sofá, de cara al vigilabebés, y vio como los dos pequeños dormían plácidamente en la habitación de arriba.

—Son unos angelitos —dijo Sonia mientras sorbía la taza de café.

—No te creas, ya te he dicho que hoy es una excepción, son bastante llorones.

Tras unos minutos de presentaciones y charlas sobre temas triviales, Sonia dulcificó la expresión de su rostro y dijo mientras miraba la pantalla del vigilabebés:

—¡Ohhhh! no me extraña que estén tan calladitos y calmados, si tienen a su hermanita que les cuida y les arropa.

—Que…que hermanita, de que… ¿que está diciendo?

—Sí, lo he visto por esa pantalla, esa niña rubia con trenzas y un vestido negro de unos 5 años, que les arropaba y les acariciaba la cabeza.

A María Victoria le empezó a dar vueltas la cabeza, miró a la pantalla del vigilabebés y allí sólo estaba la cuna, con los dos pequeños durmiendo a pierna suelta.

—Perdona Sonia, mi marido llega a las cinco y hemos quedado para salir a dar un paseo, no quiero ser descortés pero… —dijo María Victoria algo aturdida.

—Sí, entiendo no se preocupe, ya sabes donde encontrarme — dijo Sonia mientras se levantaba.

La madre de los gemelos, volvió a mirar a la pantalla una vez hubo escuchado el portazo de la vecina. Álvaro y Gonzalo dormían, todo estaba en orden.

—Menuda loca, o necesita gafas o está peor que yo —se dijo a si mismo María Victoria esbozando una media sonrisa.

Pero la curiosidad fue más fuerte y se quiso asegurar personalmente. Se dirigió a las escaleras y al pisar el primer escalón, un escalofrió le recorrió la espalda, cuando llegaba al final de las escaleras, un sudor frio empezó a brotar por todos los poros de su piel. Le temblaban las piernas y estaba mareada. Se armó de valor y abrió la puerta donde dormían los bebés y allí los vio, en su cuna, sanos y salvos, en el reino de Morfeo.

Pensó en despertarlos y empezar a vestirlos, ya eran casi las cinco, y al mirar a la cama, allí estaba la ropita de los gemelos preparada, y a su lado, un vestido negro, con unos zapatitos y unos calcetines con borlas, todo ello de la talla de una niña de cinco años.

Más temblor de piernas, más sudor frío, y el golpe del cuerpo de la mujer al caer al suelo desmayada, despertó a Álvaro y a Gonzalo.

CAPERUCITA ROJA 2.0 – De Antonio Carpi (Lleida)

CAPERUCITA ROJA 2.0:

Caperucita Roja se acercaba rauda y pizpireta a casa de su abuelita con muchas ganas y energías ya que hacía meses que no la veía debido a un castigo impuesto por sus padres por hacer un uso indebido de su I-Phone, y no contenta con eso, ser grosera e insultar a sus progenitores.

-Toc, toc

La mozuela golpeó dos veces la puerta la puerta con sus delicados nudillos pero nadie abrió.

-Toc, toc, toc, insistió la muchacha con más fuerza, pensando que su abuela estaba cada día más sorda o algo peor, que en esos meses sin tener noticias de ella, a la vieja le había ocurrido algo terrible, la visita del cobrador de la guadaña.

Cuando la angustia empezaba a apoderarse de Caperucita Roja, la puerta se abrió, y un sonriente lobo, ataviado con un chaleco de instalador de una empresa de telefonía hizo pasar a la chica diciéndole:

-Pasa, pasa, tu abuelita está en el tejado comprobando si funciona la antena, ya que nos ha pedido que le instalemos conexión WI-FI.

-¡Pero qué antena!, si no hay ninguna, además, la conexión WI-FI hoy en día va con un router y poco más, lobo ignorante, ¿de qué empresa vienes?¿de Chapuzastar o de Trolafone?¡No he visto a un cánido más inútil en mi vida!

-Vamos al tejado, anda, que no me fío de ti, lobo inútil, impostor, ceporro, que no sabes ni mentir.

Al llegar al tejado, la nieta comprobó con horror que la abuelita estaba atada de píes y manos en forma de equis y amordazada con una manzana en la boca, cociéndose lentamente al sol.

Has cebado mi abuela, lobo de mierda, ahora ya no es mi abuelita, es mi abuelaza.

Caperucita Roja rebuscó entre las viandas de su cesta el spray de pimienta y la pistola taser, y lo primero que encontró fue lo segundo.

Amenazó al cuadrúpedo impostor con freírlo si no se iba inmediatamente, y ante la negativa de éste atacó al animal haciéndole huir entre aullidos de la propiedad.

Y colorín colorado, este lobo se ha electrocutado.

EL DESVÁN – De Antonio Carpi (Lleida)

Caía la tarde en la meseta norte española, Esperanza contemplaba el anaranjado atardecer desde el balcón de su casa aprovechando la extraña quietud y sosiego que reinaba en la antigua vivienda, sita en la Plaza Mayor de la localidad. Sus hijas se habían ido de compras a la capital, llevándose con ellas a los más pequeños y los nietos mas mayores deambulaban por la plaza del pueblo y aledaños con su pandilla.

—Castilla tiene el mar en el cielo, solía decir Esperanza siempre que observaba aquella maravilla de la naturaleza.

La vivienda era una típica edificación castellana antigua, de cuatro plantas, si contamos el jardín trasero por el que se accedía por una puerta falsa, cosa que fascinaba a todos los niños, ya que si empujabas un perchero con espejo, la puerta se abría con un chirrido, unas escaleras de piedra descendían hacía lo desconocido y un pasillo en forma de ele llegaba a la puerta del jardín que merecía muchos cuidados si no quería ganarse el adjetivo de selvático. A la derecha, antes de entrar en la selva jardín, quedaba la antigua bodega, que olía a rancio y no era apta para aracnofóbicos. En ese pasillo, también se hallaba la antigua gloria, ya en desuso, un sistema de calefacción, en el que la combustión se hace fuera del local a calentar, evitando el enfriamiento por el aire exterior.

En la primera planta, a la derecha el comedor, y tres escalones mas arriba, mas allá del perchero que nadie diría que es una puerta hacia las profundidades de la morada, se encontraba la cocina, el cuarto de invitados y un pequeño aseo.

La vivienda, pese a estar reformada, conservaba ese aire rústico y añejo que habría hecho pagar 2000 euros mensuales de alquiler a cualquier australiano despistado y potentado, y ya herido por asta en las fiestas de San Fermín.

Esperanza gozaba de la tranquilidad de la casa, su marido, Gabriel, un arquitecto jubilado, cuidaba del jardín, ambos disfrutaban de la tranquilidad del momento, tanto era así, que Esperanza se había embadurnado la cara con una crema blanquecina, tan blanca como el camisón largo que llevaba.

En la segunda planta sólo había dormitorios y un baño, a ésta, se accedía por unas escaleras de madera (éstas ya reformadas) y mientras subías, veías «EL CUADRO»,  de frente, no podías ver otra cosa, el campo visual no te lo permitía. En un marco, y pulcramente arreglado, tal y como se ataviaban los prohombres de antaño Gonzalo Fonseca de Otazu, un antepasado de la familia y antiguo notario del pueblo, te escudriñaba con la mirada, ya fueras a izquierda o derecha. Era una de esas imágenes que te seguían con la mirada y que tan nervioso ponen a algunas personas. Las malas lenguas del pueblo decían que Gonzalo murió en extrañas circunstancias y que no tenía la afición del vino, pero si otras mas oscuras y esotéricas. La familia siempre negaba a mayor.

Esperanza se acordó, al atisbar el ocaso natural, que el desván necesitaba una bombilla nueva, atravesó toda la segunda planta arrastrando las zapatillas por el suelo de madera, Gonzalo Fonseca de Otazu la vio venir y la vio alejarse sin mover los ojos. La puerta del desván quedaba a escaso metro y medio del cuadro de Gonzalo Fonseca de Otazu.

Esperanza abrió con esfuerzo el pestillo, con tan mala suerte que se pillo el dedo indice de cuando consiguió descorrerlo.

—Vaya —pensó Esperanza— también es mala suerte. La herida era indolora pero empezó a sangrar profusamente. La mujer, se limpiaba inconscientemente la sangre en su albo camisón, que se fue tiñendo de rojo poco a poco. Esperanza sólo tenia una cosa en la cabeza, cambiar la bombilla y salir de allí escopetada, ya que sufría de claustrofobia. Aprovechó las últimas luces del día para guiarse en el antiguo desván, cambió la bombilla y se apresuró a bajar por las escaleras antes de que los últimos rayos de sol se desvanecieran.

—Tenemos una casa encantada — dijo Luis a sus amigos, que estallaron en carcajadas, al fin y al cabo Luis era el menor del grupo. Pero el pequeño no se amilanó, más al ver que sus primos gemelos, Antonio y Javier, le daban la razón.

—¿Podemos ir a verla? —preguntó Ernesto con mucho entusiamo, entre el alborozo general de la cuadrilla.

Los tres primos se miraron, y se encogieron de hombros. El resto del grupo ya arrastraba a todo el grupo ante las vacilaciones de los primos y en 3 minutos ya cruzaban el soportal que daba acceso a la puerta de la morada.

Los hermanos gemelos acababan de cumplir 12 años y sus padres les habían dejado unas llaves por si pasaba cualquier cosa.

—Deberíamos haber avisado a la abu —dijo el pequeño Luis mientras se soplaba el flequillo.

—No pasa nada, diremos que hemos venido a beber agua —respondieron los gemelos.

 

Esperanza, descendió el ultimo escalón y empujo la puerta para salir otra vez a la tercera planta y notó que la puerta no se abría, por unos segundos se le paró el corazón, y sus miedos mas ancestrales y atávicos, le subieron por la médula espinal. Lo probó por segunda vez, a veces estas puertas se atrancan —se dijo a si misma para tranquilizarse. Nada, la puerta no se abría, y la mujer, presa del empezó a aporrear la puerta y a llamar a su marido: ¡¡¡Gabriel, Gabriel!!. Empezó a rascar la puerta y en su frenesí se rompió una uña, que añadió mas sangre a su ya colorado camisón. Después notó que el aire no le llegaba al cerebro, que la puerta se movía, perdió el conocimiento y se desmayó.

 

—¿Qué queréis ver primero el desván o el jardín? —preguntó Javier.

—¡¡¡El jardín, el jardín!!! —clamó la cuadrilla al unísono.

—Pues veremos el desván, que el jardín es el plato fuerte, además nunca adivinaríais por donde se entra.

—¿Entonces para qué preguntas? —preguntó uno de los chicos con un tono entre enfadado y divertido que hizo estallar una carcajada general.

La cuadrilla entonces subió las escaleras como una manada de búfalos, curiosos y excitados por aquella promesa de misterio que le habían hecho sus amigos.

Esperanza se despertó con el alboroto de los mozos y se dio cuenta enseguida que estaba salvada, aunque no entendía porque el pestillo estaba echado, a no ser que Gabriel hubiera subido un segundo mientras cambiaba la bombilla…pero no no, fue muy poco tiempo. Mientras elucubraba, se iba incorporando apoyando sus brazos en la pared, el costalazo que se había dado había sido muy a tener en cuenta.

 

—Mirad, este es Olegario, el fantasma de la casa, no se llama así, pero le hemos bautizado así porque tiene un nombre muy raro —dijo Luis con mucha seriedad. Los amigos ya no reían tanto y se iban imbuyendo en la situación de la casa encantada y misteriosa.

Esperanza, entre el mareo y el golpe no se había situado aun y cuando Javier abrió el pestillo lo único que pudo hacer la abuela fue alzar los brazos en señal de júbilo y pronunciar unas palabras ininteligibles mientras salia por la puerta del desván.

El grupo, ante la visión de una figura antropomorfa, amortajada, llena de sangre y con la cara blanca, huyó como alma que lleva el diablo, empujándose unos a otros y chillando aterrorizados, alguno se tropezó y bajo rodando las escaleras. A los dos minutos ya estaban en el bar de al lado diciendo que había un fantasma en la casa de Esperanza. Por fortuna, una pareja de la Guardia Civil estaba tomando café y se adentró en la vivienda pistola en mano y preguntando: ¿Quién vive?.

Aquí vive Esperanza, y es lo último que se pierde. La Guardia Civil, al ver a la mujer con la crema y la herida, enseguida se preocupó por la situación y ellos mismos llevaron a la mujer a urgencias, mientras le preguntaban, curiosos, lo que había pasado. También se llevaron a Andresito, que en la apresurada huida, había rodado por las escaleras y se había abierto la cabeza.

Gabriel gritaba desde la puerta que el no había cerrado el pestillo, con una podadora en la mano.

Olegario, en su cuadro, esbozaba una sonrisa.

 

 

 

 

 

GRAND SLAM – De Antonio Carpi (Lleida)

GRAND SLAM:

 

Mi amigo y compañero de trabajo Álvaro me ha dicho que tiene dos entradas y que un español y un suizo van a dar el espectáculo del año.

Al principio era reacio a aceptar su invitación, yo soy más de deportes de equipo, cuanto más vulgares mejor, allí puedes cantar y emborracharte, incluso insultar a la madre del árbitro, y nadie te dice nada.

Lo que más me sorprendió al entrar a ese “espectáculo” fue el silencio que imperaba en el recinto deportivo, la gente iba muy bien vestida, no llevaban bufandas, algunas damas lucían pamelas.

—Es que es un deporte de categoría, de gente elegante —me aclaró Alvarito nada más entrar al notar mi expresión de asombro.

Nos pedimos unos refrescos y ocupamos nuestros asientos, salieron dos tipos vestidos de blanco.

—Son los dos del Real Madrid, ¿contra quién juegan?

—No hombre, aquí el uniforme es libre, ya te irás enterando, tú sólo abre los ojos y disfruta del partido.

Empezó el partido, los dos deportistas tenían unos palos en las manos que acababan en un agujero ovalado donde había una redecilla. El campo era de tierra batida y algún desaprensivo había pintado un rectángulo con pintura blanca y unas líneas paralelas dentro de dicho rectángulo. Una red cruzaba el rectángulo de lado a lado.

Había un hombre sentado en una silla muy alta, era muy cómico, y dijo que podía empezar el partido.

El suizo cogió entonces una pelotita amarilla, se posicionó justo antes de las líneas pintadas de blanco y lanzó un pelotazo que impacto en el cuerpo del español que intentaba devolver el golpe.

—¡Vete a hacer relojes con Heidi, helvético de los cojones, que casi lo matas! —grité con todas mis fuerzas.

Se hizo un silencio total, la cara de Alvarito se había tornado como la bandera china pero sin estrellas. El Conde de Godó me miraba mal, la Reina de Bélgica me miraba mal, la alcaldesa de Barcelona me miraba mal, todos me miraban mal.

—¡No me avergüences joder! Aquí la gente es respetuosa, no chilles más por favor.

Pues vaya bodrio —pensé mientras tomaba un trago de la Coca-Cola Gigante que habíamos pedido.

Entonces me callé e intenté comprender aquel extraño juego, resulta que tenían que tirar la pelotita amarilla al otro lado de la red y que cayera dentro del rectángulo, me costó mucho entender que cojones pintaban las líneas paralelas de dentro del rectángulo, Alvarito me dijo que eran para los partidos de dobles.

El suizo gano su segundo punto tras un largo peloteo, yo no entendía eso, si no querían la pelota en su campo que no la volvieran a tirar al otro, ya que casi siempre volvía. Estos tíos están locos, si no quieren la pelota, que la tiren fuera del recinto y nos vamos a casa.

—Bueno Alvarito, este suizo es bueno, ya gana 2 a 0.

—No, gana 30 a nada.

Bueno pues cada punto vale 15, que marcador más chorra. El helvético volvió a ganar ese peloteo.

—Mira Alvarito ya van 45 a nada.

—No, van 40 a nada y si vuelve a ganar otro ganara un juego, cada seis juegos es un set, y gana el que consiga 3 sets.

—¿Cómo? ¿Por qué el tercer punto vale 10?, esto es de locos, no se puede gritar, no se puede insultar y encima puntúan como les sale de los cojones.

Entonces me empecé a mosquear y sentí que mi estomago estaba lleno de gases. En el momento culminante del primer juego me tire un eructo (debo confesar que se me escapó), que creo que se oyó hasta en Vladivostok. La Reina de Inglaterra me insultó, que curioso, ella sí que podía insultar, el Conde de Godo me fulminó con la mirada y la Duquesa de Kent se desmayó.

Vinieron los de seguridad y me invitaron amablemente a abandonar el recinto, no opuse resistencia, yo me quería ir de allí.

Me paré en el primer bar que encontré, me pedí una cerveza y me puse a ver a 22 tipos que corrían detrás de una pelota como si no hubiera un mañana. Eso sí que era un deporte.

Tres horas y seis cervezas después, vi en la tele que el español había ganado la final al suizo por tres sets a uno. Bueno, debía ser yo el gafe. No volveré más.

DESDE MI VENTANA PUEDO VER – De Antonio Carpi (Lleida)

DESDE MI VENTANA PUEDO VER:

Desde mi ventana puedo ver lo que me dicen que tengo que hacer, desde mi ventana puedo ver un multiverso a mi antojo guiado con las yemas de mis dedos. Tertulianos como gallinas, ruidosos y maleducados, simples como la vida en el exterior, famosos sin más mérito que salir por la ventana de mi comedor.

Desde mi ventana puedo ver, como un muerto en Barcelona vale más que 80 en Siria, como en las noticias moldean nuestra opinión, si no te gusta lo que pasa, usa la yema hasta que encuentres la verdad, tu verdad, hasta que te reconfortes y no pienses. ¡Qué pereza pensar por ti mismo!, ya piensa la ventana por ti, también lo escriben en tinta, tinta que emponzoña tu despertar, la voz de su amo se gana el sueldo y no deja que las ovejas se descarríen. Los pastores se enfadarían si nos despertamos, no permitirán que lo hagamos, tienen los medios, muchos medios que venden pluralidad cuando todos están diciendo lo mismo.

Cuando el hombre se convierte en masa es más fácil moldearlo. Distracción, desinformación, vacio mediático, ¿qué más da?, todo sirve para el propósito final.

Con las yemas de tus dedos puedes viajar, tu mente cree que viaja a múltiples lugares, pero es un viaje baldío, tu cuerpo no se mueve, tu cerebro se estanca, o lo que es peor, se moldea a gusto de unas personas que ni siquiera conoces, ni nunca conocerás, pero que influyen en tu vida de la peor manera posible: sin que te des cuenta. Esta manera es la más eficaz, porque parece inofensiva, pero cuando quieres despertar, ya te han inoculado la mediocridad, la larva ha crecido, más de lo que crees, es difícil parar el proceso, la somnolencia, pero no imposible. Despertar es posible, lo hicimos porque no sabíamos que era imposible.

Desde mi ventana puedo ver, lo que les conviene a los amos, pero también me puedo distraer, distraerse es no pensar, y eso les interesa. Todos contentos.

Desde mi ventana puedo ver, como se forman dos bandos, creando enemigos ficticios nos olvidamos del verdadero enemigo, cuanto más odio inocules, menos espacio dejas para el despertar, menos espacio para el pensamiento.

La voracidad de la vida está venciendo a la razón y los años pasan. Creemos que somos libres, pero no sabemos ver los hilos invisibles que nos guían, los miedos cervales que nos paralizan.

Y salgo a la calle, me levanto del sofá, y veo otro mundo, gente cabizbaja ensimismada en sus dispositivos móviles, conductores impacientes, iracundos, que no tienen otro lenguaje que el de sus cláxones.

Gente estresada perdiendo una vida en una rutina de la que nunca saldrán.

Entonces entre las nubes se cuela un rayo de sol, un hombre con sombrero me saluda, me sonríe y me da los buenos días, hasta el café sabe mejor, hablamos de nimiedades, pero compruebo que hay otro mundo alejado del multiverso, que hay humanidad. Salgo silbando del café, tras sonreír a la cajera y desearle un buen día.

Pasó por un quiosco, las mentiras empaquetadas ya están apiladas, preparadas para desinformar a la población, sigo mi camino impotente, pero algo más fuerte.

Y de vuelta a casa decido no abrir la ventana, me alejo del multiverso, daré descanso a las yemas de mis dedos.

Busco unos folios ya amarillentos, ajados como la sociedad actual, y me pongo a escribir estas letras. Cerraré la ventana para abrir mi mente, que paradoja ¿no?

CARTA DE AMOR DE UN ASESINO EN SERIE – De Antonio Carpi (Lleida)

CARTA DE AMOR DE UN ASESINO EN SERIE:

No debiste irte de vacaciones, siento lo de tu compañero, le rompí la nariz con un certero cabezazo.

No debiste irte, Esperanza, 8 días sin verte han sido demasiados, y creo que me he vuelto cuerdo, ya sabes, soy un loco con unos intervalos de horrible cordura, pero en uno de esos intervalos me di cuenta de que no eras tú la que me pasaba la bandeja de la comida por la rejilla de la celda, era tu compañero, ahora está de baja, lo siento por él de verdad, no quería hacerle daño, pero me volví cuerdo y me di cuenta de la realidad, tú no estabas.

Los cabezazos contra la pared alertaron a todos los funcionarios y tuvieron que venir a reducirme, pero antes de lograrlo, logré romper la nariz de tu colega, quizás si no me tuviesen 23 horas al día esposado le hubiese dado un puñetazo y le habría hecho menos daño. Después no recuerdo nada, 8 hombres se abalanzaron contra mí y un tipo con una bata blanca me inyectó algo que me ha hecho dormir dos días.

Me he despertado en la celda de aislamiento, y he pedido papel y boli a tu compañero Carlos, en un principio no quería dármelo por miedo a que me autolesionara, pero al final le he dicho que no había peligro, que ya vuelvo a estar loco, no haré daño a nadie y menos a mí mismo.

Te quiero, Reina de Corazones, eres la única razón por la que abro los ojos cada día en esta puta cárcel, llena de gentuza.

Te quiero cada, cada vez que paseas por el pasillo golpeando la palma de tu mano izquierda con la porra que llevas en la derecha, te miro, ese uniforme impoluto, ese cabello rubio recogido en una cola me hace estremecer, y cuando me miras me derrito, el mejor momento del día es cuando me das la comida y tus ojos se cruzan con los míos, sé que me quieres y yo te quiero.

Vuelve pronto, Esperanza, o acabaré cuerdo otra vez, en este agujero hay poco que hacer y sólo recuerdo vagamente a esas 11 mujeres que maté, sobre todo a la primera, no eran malas chicas, pero vivían muy mal, acosadas por babosos y vendiendo su cuerpo por unos míseros euros o una dosis de heroína o de cocaína, las tenía que matar, era mi deber, las mandé a un mejor lugar, donde nadie las obligará a hacer nada.

Recuerdo sobre todo a la primera, tendría unos 23 años y parecía rumana, aunque no lo sé ya que no crucé ni una palabra con ella, aparque el coche en la cuneta y la abordé por detrás, creo que el primer hachazo fue mortal, le asesté 12 hachazos más, era mi primera víctima y nunca se sabe.

La policía encontró en el lugar un As de Corazones de una baraja de poker, pero no lo puse yo, estaba allí por casualidad y me hizo gracia la idea, así que dos meses después, en la misma rotonda maté a otra chica, ésta era mayor y ofreció resistencia, pero debía morir, una mujer no debe drogarse ni vender su cuerpo. Fue entonces cuando puse un dos de corazones y la policía y los medios de comunicación ya me bautizaron como “El Asesino de la Baraja de Poker”.

Así, me deshice de 11 mujeres, todas prostitutas y fui dejando las pertinentes cartas por orden numérico en el lugar del crimen.

Creé mucha alarma en toda la provincia, pero nunca me pillaron, nadie sospechaba de mí, hasta que un día me entregué en la comandancia de la Guardia Civil de San Esteban de Gormaz y confesé todos los crímenes.

Me paré en esa cifra ya que la Reina de Corazones tiene que ser la mujer de mi vida, una mujer recta y pura, no cualquier meretriz de carretera, y aquí te conocí, y me enamoré al instante, cuando salga de esta cárcel nos casaremos y nos iremos a vivir a Japón, y te trataré como una Reina, como una Reina de Corazones.

Guardo los recortes de todas las noticias de los crímenes que cometí, todos en esa rotonda. Todos temían al Asesino de la Baraja de Poker, la sociedad y la prensa me llamaban “Asesino en Serie” y yo pensaba, que al cometer mis atrocidades siempre en las inmediaciones de San Esteban de Gormaz, me llamarían “Asesino en Soria”, son gilipollas hasta para esto.

Vuelve pronto, Esperanza, no quiero lesionar a nadie más, te quiero mucho, Reina de Corazones.

Siempre tuyo,

P.V.H.

DON SIMÓN RIBERA de Antonio Carpi (Lleida)

Don Simón Ribera se despertó aquel miércoles lluvioso de otoño como si le hubieran dado una paliza, o quizá se la dieron aquellos niñatos que se rieron de él cuando estaba pidiendo en la puerta del supermercado. No lo sabía, no podía recordar nada, sólo recordaba que se había puesto a pedir limosna a las 4 de la tarde, como cada martes, después el contenido de los briks de Don Simón iba bajando lenta pero tenazmente por su garganta y sólo lograba recordar el tintineo de las monedas que los clientes dejaban, algunos con gesto de superioridad en la caja metálica.

Algunos clientes ya eran habituales y le saludaban con un “Buenas tardes Don Simón” con un tono neutro.

Aquella mañana, abrió la caja metálica que usaba para pedir, y vio que no había nada, así que supuso que esos niñatos le habían robado la recaudación de toda la tarde.

Se levantó pronto como cada miércoles, se miró al espejo y notó que no le habían pegado ninguna tunda, simplemente tenía una resaca monumental de vino, de vino barato, de garrafón del bueno, o del malo.

Se duchó, se afeitó, se roció su perfume de 60 euros el frasquito, se vistió con su traje italiano y se calzó sus mocasines de 400 euros.

A las 9 en punto de la mañana ya estaba en su consulta, Simón era psicólogo y tenía que lidiar a diario con los fantasmas externos, pero sobre todo internos de sus pacientes.

Aquella mañana, escuchaba pacientemente a una adolescente mal vestida y sin asear, que sufría bipolaridad y aquella jornada estaba en fase negación y de echarle la culpa de todo a todos, la mente de la joven explicaba como una conspiración urdida por toda la sociedad era la culpable de su situación.

El señor Ribera era un reputado psicólogo, cobraba 150 euros por cada sesión, y eso le permitía abrir su consulta privada sólo los lunes, los miércoles y los viernes. Y sólo trabajaba en turno de mañana.

Al acabar su jornada laboral, decidió que no era un buen día para ir al club de golf ya que la pertinaz lluvia todavía caía sobre las calles de Valencia.

Abrió el segundo cajón de su escritorio y consultó su agenda, pero no su agenda profesional, si no la de sus contactos, muchas mujeres querían cazar a aquel pedazo de profesional, un buen partido que dirían las abuelas de los pueblos. Decidió llamar a Sonia, la mayoría de las mujeres sólo iban con él por el dinero, pero Simón Ribera intuía que Sonia se estaba enamorando de él.

Quedaron en el restaurante del Club Naútico de la capital del Túria, Sonia apareció puntual y sonriente, la escritora por fin presentaba su novela al día siguiente a las 4 de la tarde en la Biblioteca Pública.

Buenas tardes señor Ribera del Duero —bromeó el camarero al ir a atender la mesa de Simón.

 

—Como me conoces, pillín —respondió el psicólogo mendigo, por supuesto tráenos la mejor botella de Ribera del Duero que tengas en la carta, yo comeré un chuletón de Buey al punto, la señorita que pida lo que quiera.

Comieron, charlaron, rieron y después se fueron de compras, o mejor dicho, Simón gastaba y Sonia compraba. Por las noches disfrutaron de la piedra y las carnes del mejor asador de Valencia. Todos los camareros agasajaban y llamaban Señor Ribera del Duero al cliente a la espera de una suculenta propina.

Aquella noche la pasaron juntos y al despertar, Sonia se vistió rápidamente ya que tenía que entrar al trabajo de cajera de supermercado que compaginaba con su afición a la escritura.

—Te espero esta tarde en la presentación, cariño.

—No puedo, hoy no puedo.

—¿Pero por qué, si los jueves tienes fiesta?

—Simplemente, no puedo —atajó fríamente Simón.

La mujer cerró la puerta y bajó las escaleras entre lágrimas. Don Simón, puesto que ya era jueves, durmió hasta las 3 y media de la tarde, se levantó, se puso las ropas más andrajosas que tenía, una gorra vieja y se fue a pedir a las puertas de un supermercado, no sin antes pedir dos briks de Don Simón para pasar la tarde.

El viernes, de nuevo estaba puntual en su consulta, escuchando a un muchacho que decía tener doble personalidad. El señor Ribera abrió los ojos exageradamente y se dirigió a su paciente diciéndole:

—Sigue contándome, este tema me interesa.