EL HOMBRE QUE QUISO SER HONESTO – De Abuelo.com

EL HOMBRE QUE QUISO SER HONESTO        (La Playa – Un Oasis del Desierto)    

 

No sé de donde le vino la decisión de ser un hombre honesto toda su vida. Tal vez la educación familiar  fue la causa, pues provenía de una rancia familia con antecedentes en el almirantazgo de la armada española cuando la pérdida de las colonias, con un arraigado sentido del honor,  algunas de cuyas historias oyó contar de niño que acabaron impregnándosele en la piel. O la educación religiosa de su adolescencia, para la que la ambición  y posesión de riquezas no era el camino de acceso a la gloria. O cierta debilidad de carácter que le inducía a no meterse en líos de dudoso resultado y a comportarse correctamente, como la mejor forma de no tener que dar explicaciones. O su egoísmo, pues  la rectitud le abría la confianza de las personas o de las instituciones y cimentaba su prestigio social. En definitiva, por la razón que fuera, decidió ser honesto.

Se había jubilado dando por cumplido ese compromiso vital y la satisfacción moral le compensaba de los teóricos beneficios que hubiera podido alcanzar si hubiera aceptado las ocasiones de medrar desechadas  en su juventud  en aras de sus convicciones. Tranquilidad de conciencia que le permitía coger rápidamente el sueño  sin la ayuda de  sedantes. La verdad es que no podía concederse alegrías onerosas, que suplía con actividades creativas y el afecto de los suyos. Su mujer se  había adaptado a la situación  sin lamentarse y él se lo agradecía.

Repasaba mentalmente su trayectoria, mientras mantenía una conversación veraniega con un conocido, empeñado hostilmente en  desmontársela por increíble. Él, ante en aquel inesperado duelo dialéctico, procuraba contrarrestarle replicando con  convencimiento y seguridad en defensa de su dignidad.

Un comentario  sobre la reciente declaración de un  político reconociendo haber defraudado a hacienda durante cuarenta años, había sido la espoleta. Esa confesión, que implicaba a todo el clan familiar, acababa de provocar una  tormenta mediática, elevando de grado el nivel de corrupción del estamento político surgido con la democracia y la decepción popular.

El Chiringuito – Acuarela del autor.

En un momento de la charla, se había  lamentado de ese comportamiento y su interlocutor, con la locuacidad y ardor que propician unos chupitos de sobremesa, le echó en cara su hipocresía, dejando claro que aquí todo el mundo, que  había podido, había hecho lo mismo.

Sintió un pinchazo en la fibra más sensible de su espíritu y ante las alusiones personales de su interlocutor, al que sólo conocía superficialmente, reaccionó con bravura para decir que no era cierto. El otro le miró con incredulidad y aunque procuró evitar que se sintiera molesto concediéndole el personal beneficio de la duda, le replicó que conocía a muchos de sus colegas, y que las prácticas corruptas eran lo habitual en su profesión. Que no le viniera con la monserga de que él no había caído, en alguna ocasión, en la tentación de ejercerlas.

Procuró serenarse y contestarle con el convencimiento de quien se somete a un detector de mentiras. No tenía pruebas que ofrecerle a parte de su palabra, ni quería romper la veraniega y superficial relación; pues aparte de aquella inesperada actitud impertinente era un individuo afable, simpático y hasta gracioso. Esperaba convencerle con la transpiración porosa de honradez que se esforzaba en emitir e impregnar  a su contertulio por no tener  más arma que la del convencimiento personal, y le consolaba pensar que aquel hombre se había desenvuelto en un entorno corrupto y bastante pena tenía con ello. Y por eso insistió que en otros lugares  existían comportamientos honestos a nivel personal y profesional. Quedó la polémica en suspenso cuando  intervino su mujer  ratificando la honradez de su esposo. La palabra de ella tuvo la suficiente capacidad de convicción para terminar, tal vez por  educación, con la discusión y desviarla hacia otro tema.

La cortesía de las tablas  en que terminó la partida le produjo un gran desasosiego. La corrupción de unos políticos mancha a todos y al ciudadano también. De nada vale una vida honesta, pues, todos hemos pasado a ser corruptos por naturaleza. No vale la pena pregonar lo contrario, como hizo en aquella conversación veraniega, pues no se convence a nadie. Se pierde el tiempo. Así de penoso.

EL HOMBRE QUE QUISO VENCER A LA MUERTE – De Abuelo.com

EL HOMBRE QUE QUISO VENCER A LA MUERTE                        (NÓMADA EN EL DESIERTO DEL ALMA)


Probablemente nunca lo conseguiría, pero llevaba un tiempo sopesando la necesidad de hacerlo. Como si fuera un deber. Una obligación. Llegó a pensar que el destino, o el sentido de la vida, no es otro que vencer a la muerte. Quien no lo intenta tiene ya perdida la batalla de antemano. Pero ¿Vale la pena perder el tiempo en intentarlo, cuando todo el mundo sabe que nadie se libra de caer en sus redes, o al menos eso es lo que pensamos, creemos y constatamos diariamente? ¿O estamos hablando de otra cosa distinta a la muerte física del cuerpo y su posterior descomposición o embalsamamiento?

Tal vez se refiriera a eso y para él, vencer a la muerte consistiera en permanecer en el recuerdo o en las emociones de los vivos. Sí, algo había de eso. Pero por ahí lo tenía difícil. No era ningún genio. Para el genio vencer a la muerte en este sentido es posible. Especialmente en el campo artístico, pues su obra permanece viva y con ella los sentimientos que la crearon. Por lo demás el recuerdo en la familia o seres queridos perdura un tiempo, o como mucho una o dos generaciones. Eso le resultaba insuficiente. A falta de un don genial que le permitiera vencer a la muerte de una sola estocada y para siempre, debía afinar su estrategia. Tampoco se trataba de ganarla en una partida de ajedrez como algunos se lo habían planteado en épocas antiguas. Ni estaba a tiempo de que la ciencia le ganara esa batalla, tal vez en el futuro. Debía jugar concienzudamente con los elementos que tenía a su disposición y con los frutos que había cosechado a lo largo de su vida. Afortunadamente disponía de algunos, que podría aprovechar a tal fin. Sería un trabajo inteligentemente planteado y desarrollado con minuciosidad y rigor, sin dejar ningún cabo suelto. Su seguridad interior basada en una bien cimentada humildad y no en el orgullo, como equivocadamente y a simple vista se podía atribuir el origen de sus pretensiones, le hacía confiar en que acabaría saboreando el éxito y dejaría a la muerte con un palmo de narices.

Acuarela del autor (fragmento)

Creyó haberlo conseguido. Tal vez fue así. Me lo explicó lleno de satisfacción en su lecho, poco antes de expirar. No me hizo falta consolarle, reconfortarle, ni darle la razón, a pesar de que la realidad parecía desautorizar su seguridad de haber ganado la batalla. Estaba radiante al despedirse. Me tenía la mano fuertemente agarrada por la suya y apretaba con fuerza sus cadavéricos dedos para transmitirme con más intensidad su amistad y afecto. Sonreía. Yo permanecí perplejo ante su actitud, intentando saber en que la basaba, anhelando conocer el secreto de aquel hombre que se moría frente a mí convencido de haber vencido a la muerte. Sabía que dejaba meticulosamente ordenado cuanto había hecho en vida, para que perdurara, como testimonio de su obra. Su numerosa familia me respetó esos momentos de amistosa confidencia y despedida. Todo parecía estar en orden. Tal vez era una cuestión de fe. Quise preguntárselo, pero ya no estuve a tiempo de escuchar su respuesta.
Dejé paso a la familia y al retirarme con tristeza comprendí que me había entregado el testigo de su batalla, que en aquel momento había pasado a ser la mía.

EN ALGÚN LUGAR DE GALICIA – De Antonio Carpi (Lleida)

EN ALGÚN LUGAR DE GALICIA:

 

A 7 kilómetros al sur de O Grove, en una remota cala de la abrupta costa gallega, tres sombras desafiaban a la pertinaz lluvia que les había de acompañar toda la noche.

Laureano encendía un cigarro con otro, ese hombre, de espesa barba y prominente barriga, más parecía un patán de segunda que un narco de primera. Desde que había abandonado su hogar en Cambados, huyendo de los garrotazos de su padre, ese sinvergüenza borracho que le había partido más de una rama de cedro en el lomo, Laureano había aprendido a buscarse la vida en el alambre, primero con pequeños trapicheos, después controlando el contrabando de tabaco a gran escala. Ahora habían decidido dar el gran paso. La cocaína.

Vicente también fumaba, “Terito” (como era conocido en los ambientes de la mafia gallega), era el capo, el hombre elegante, la antítesis de Laureano. Pulcramente vestido, esperaba a una distancia prudencial de la pareja. Siempre fue reacio a dar el salto del tabaco a la droga. El tabaco era rentable, la droga lo era más, pero era mucho más peligrosa.

La tercera sombra de la cala era Esther, la pareja de Laureano, que siempre acompañaba a su marido a todas las operaciones. Con el pelo excesivamente cardado, unos tacones kilométricos y un abrigo de piel, contrastaba con el rudo hombre que tenía al lado, echando frenéticas bocanadas de humo a la luna gallega.

Laureano nunca llegó e entender porque Esther se empeñaba en acompañarle a todos los lados, no sabía si le ponían cachonda esas operaciones o es que unos celos enfermizos cegaban a la mujer. Se decantaba por la segunda opción. Estaba claro que el dinero del narco influía sobremanera en el amor que sentía Esther por aquel tipo.

Faltaban 15 minutos para la hora acordada las 4 de la mañana, no había un alma a kilómetros a la redonda. La soledad de aquellas tres siluetas sólo se veía interrumpida por el oleaje que rompía con fuerza sobre las rocas, y las pestes que echaba Laureano cuando perdía la fe y la paciencia:

—Malditos colombianos, como nos den porquería juro que les marco la cara para siempre a esos cerdos.

—Cálmate hombre, el contacto es de fiar —intervino Terito con aplomo— si nos la juegan una vez, alguien sufrirá las consecuencias, no creo que sean tan imbéciles para engañarnos en la primera transacción.

Laureano se calmó, y empezó a evocar con nostalgia aquellos tiempos del tabaco, menos rentable pero mucho más seguro.

Y allí estaban, en el culo del mundo, tres personas muy diferentes entre sí, pero unidas por una misma pasión: el dinero.

A las 4 de la mañana, puntuales como una abuela de Manchester a la hora del té con sus amigas, una embarcación se aproximó a la cala, se identificó con la contraseña acordada y tres tipos, que ya parecían curtidos en estos menesteres, empezaron a descargar unos fardos que hacían un ruido hueco al caer al suelo. Una vez terminada la operación, Terito sacó una navaja, abrió los 4 paquetes y cató toda la mercancía.

—Todo en orden, dale el maletín Laureano.

Laureano se acercó a la barca y entregó el maletín a los colombianos, y uno de ellos empezó a contar el dinero. De repente, uno de los traficantes de la barca sacó una pistola y les pilló a todos desprevenidos.

—Alejaos de los fardos, creo que nos quedaremos con la mercancía y con la pasta —dijo el colombiano entre las carcajadas de sus compañeros.

Terito dudó pero se alejó de los fardos, Esther huyó despavorida pero Laureano se negaba a soltar la droga y empezó a insultar a los timadores.

Tres disparos rompieron el silencio de la costa gallega, tres certeros disparos. Tres cadáveres flotaban en el agua.

Laureano miró a la izquierda, y entre las rocas se podía entrever una alta silueta con una capa y un tricornio. Les había salvado la vida. Sólo faltaba comprobar si era de los suyos.

EL HOMBRE QUE LLORABA CON FRECUENCIA – De Abuelo.com

EL HOMBRE QUE LLORABA CON FRECUENCIA                                                  de Abuelo.com

(Nómada – En el Desierto del alma)

De niño le dijeron que llorar no era cosa de hombres. Ahora, con muchos años, se daba cuenta de que lo  hacía con frecuencia.

Al principio pensó que tal vez, por la edad, había perdido masculinidad y fuerza, pero acabó concluyendo que los accesos de lágrimas a sus ojos, se habían  incrementado por el  conocimiento más profundo de la forma de ser y comportarse del hombre: en lo malo y en lo bueno. Por lo despreciable, pero sobre todo por lo genial.

Le invadió la tristeza pero no lloró al morir sus padres; sin embargo no pudo evitar unas lágrimas de emoción al nacer su primer hijo varón. No recordaba haber llorado nunca por  dolor. Tal vez  de muy niño,  para expresar su sufrimiento a los mayores  y que le atendieran. Tampoco por molestias, dolores físicos, desengaños amorosos o fracasos escolares o profesionales. ¿Qué le estaba sucediendo ahora?

Acuarela realizada por el escritor de este relato.

 

Tres cosas le provocaban esa incontrolada y súbita reacción lacrimal que tanto le preocupaba y que  consistía en turbársele la vista brevemente. La mayor parte de las veces  al comprender o compartir  los sentimientos de otras  personas o  al contemplar y sentir la belleza. También se sumía en el desconsuelo por rebeldía impotente, ante situaciones que le parecieron injustas e imposibles de enderezar. Y cuando la noche se le hacía oscura, lágrimas de resignación y de humildad humedecían  su almohada al  creer que su oración  devenía estéril, que era incomprendida, no escuchada y que  continuaba sin entender nada. O por todo lo contrario. Cuando una luz inesperada daba  sentido a su pensamiento,  pasaban a ser de agradecimiento hasta desbordarle.

 

La belleza le emocionaba cuando le sorprendía. Las artes plásticas  no le provocaban esa sensación. Conocedor de sus técnicas, podía admirarlas, valorarlas, aplaudirlas, incluso adorarlas. Pero no excitaban sus lagrimales. Lo contrario le sucedía  con la música. Un concierto  de Beethoven, aunque lo hubiera escuchado centenares de veces, le desballestaba totalmente hasta descomponerle, casi derretirle, ante la brillante precisión del genio. En la danza veía demasiada escuela, excesiva práctica. Admiraba su perfeccionismo, su sacrificada y esforzada técnica  capaz de sublimar la expresión corporal, en  unas coreografías con  más de documento cultural histórico que de frescura y vida. Por el contrario, le emocionaba la belleza del cuerpo en movimiento, ante la sorpresa de un gesto,  la gracia de unos pasos,  la elegancia de una cabeza sobre un cuello esbelto, o el paso  fatigado por el paso de los años. Sí, la belleza le provocaba  lágrimas de reconocimiento y agradecimiento, por  ser capaz  de  apreciarla en el momento fugaz en que se le ofrecía.

EL BOSQUE – De Gloria Martín (Lleida)

EL BOSQUE:

Esta noche que nunca termina cae sobre mí con una negrura como pintada a mano. Me hallo en una mazmorra oscura, sin ventanas. Después de que me rompieran los huesos en el torno, creo que pasé mucho tiempo con la conciencia perdida, sin poder llevar la cuenta de las lunas. Quizás me envuelve sólo la oscuridad, y no la noche.

¡Oh, mi amado bosque!, lo que más me atormenta de este cautiverio que, a buen seguro, acabará en la hoguera, es que me hayan apartado de ti.

Al principio, íbamos al bosque de hayas en pleno día, a hacer nuestros trabajos. En el pueblo había hambre y enfermedades, y la desesperanza se había apoderado, sobre todo de las mujeres. Muchas se habían vuelto estériles, a otras se les morían los hijos antes de quitárselos de los pechos, porque no tenían leche. Casi todas sufrían la violencia de sus hombres, pero no eran capaces de sobrevivir sin su favor. Era hermoso el legado que a mí y a mis hermanas de destino nos habían dejado nuestras madres y nuestras abuelas. Ellas practicaban el arte de centrar sus energías, su voluntad y sus emociones en realizar cambios favorables para su entorno y para ellas mismas. Eran seres libres y en armonía con la naturaleza, diosa madre de todas las criaturas que pueblan la tierra. Mujeres y hombres les pedían consejo y ayuda para los males del cuerpo y del alma, y eran respetadas. A nosotras, sus hijas y nietas, muertas ellas, se nos dio el mismo trato, hasta que las creencias paganas fueron arrasadas por el cristianismo, y la Inquisición nos consideró adoradoras del demonio. ¿Cómo habíamos de adorarlo si no creíamos en su existencia? Eran ellos, con su Dios todo bondad, que necesitaban inventarse un ser opuesto que justificara el mal.

Empezó una persecución despiadada contra las “brujas”, pero seguimos recogiendo nuestras hierbas y ramas mágicas y curativas entre los matorrales que bordeaban el bosque, junto a las hayas o al lado de los arroyos. Seguimos elaborando con ellas bebedizos para hacer amarres de amor, curar diarreas y fiebres, conseguir que las yermas concibieran y que los impotentes recuperaran el vigor. Seguimos repartiendo talismanes –cristalillos, guijarros, dientes, colas y plumas de animales, pequeños huesos-, que atraían energías positivas y curaban del mal de ojo. Seguimos fabricando velas con cera de abejas o manteca de vaca para que se cumplieran los buenos deseos. Juro que jamás adoramos otra cosa que el aire, el fuego, el agua y la tierra y que sólo nos guiaba el afán de hacer más llevadera nuestra áspera vida y la de nuestros vecinos.

Pero el celo de su sacerdote y algunas envidias acabaron por poner al pueblo contra nosotras, a pesar de que a escondidas, eran aún muchos los que solicitaban nuestra ayuda. Terminamos viviendo en el bosque, escondidas como alimañas. Lavábamos nuestros harapientos vestidos en los riachuelos, mientras nos bañábamos desnudas. Fabricamos nuestros cuencos con barro para hervir los bebedizos, adornamos nuestras muñecas con pulseras de lianas y nuestros cuellos con colgantes de semillas vacías. Construimos altares de madera. Dormíamos sobre el suelo. Todas sabíamos que aquellos días en que nuestros cuerpos, todos a la vez, expulsaban la mala sangre, la luna llena nos daba más poder; era entonces, cuando al amparo de la noche, las trece formábamos el círculo mágico y bebíamos hasta que la envoltura formada por los huesos y la carne desaparecía, y nuestro espíritu quedaba libre, y era capaz de volar hasta el centro de las estrellas, mientras oía los colores y paladeaba los sonidos y tocaba el silencio, sólido como un puño de piedra cayendo sobre las charcas. Éramos felices y a nadie dañábamos.

Siento la lengua llena de ceniza y creo que una flor de sangre se me abre debajo de los párpados. Me lamo las llagas como los perros y no puedo levantarme del suelo. Pero todavía poseo el poder de soñar. Sueño con mi bosque, sueño con las risas de mis hermanas, todas muertas. Sueño con que, algún día, los hombres conocerán esta historia como es, y no como será contada. Y, en medio de mis sueños, oigo pasos. Se abre la puerta. Vienen a por mí. No tengo miedo.

LOS PATIOS DE MI VIDA

RETRATO:

Mi infancia son recuerdos de dos patios leridanos, uno particular y otro escolar. Mi infancia son rodillas magulladas y ensangrentadas, partidos de fútbol con pelotas de tenis y bancos que hacían las veces de porterías.

Tres estaciones en Cataluña, la más calurosa la pasaba en Castilla.

Mi niñez recuerda algodones familiares, más tras la pérdida de la figura paterna, que me deja la duda si este triste acontecimiento, acaecido poco después de que un bigotudo con tricornio asaltará el Congreso de los Diputados, ha cambiado el devenir de mi existencia.

Recuerdo el olor a vino barato de mi cuidadora gallega, la alegría de mis hermanas correteando en el gran piso de Obispo Messeguer, donde he vuelto hace poco.

Recuerdo a mi madre multiplicándose por mil para criar a cuatro niños sola, a mi abuela materna, la única que conocí, sentada pacientemente en un banco de Rambla de Aragón y premiándonos con un caramelo Sugus casi cada tarde.

Después mudanza, de Obispo Messeguer a Canónigo Brugulat, donde el patio de mi casa era particular, y las aventuras y travesuras con mis vecinos y amigos.

Mi paso por la escuela fue feliz, sin grandes sobresaltos, debido a mi carácter reservado, hice pocos pero buenos amigos, no me metí en excesivos líos, pero sí que mi gran memoria me jugó una mala pasada, porque cuando toco estudiar de verdad, fui un mal estudiante, poco constante.

Pasé por la universidad sin pena ni gloria, quizás es esto de lo que más me arrepiento en mi vida, no tuve la oportunidad de probar mi vocación periodística y me perdí entre normas jurídicas, artículos de la Constitución y reglamentos que me superaron y dejé la carrera.

En esa época donde se forjan los ideales, la rebeldía de mi juventud me hizo interesarme en el socialismo, incluso coquetear con el marxismo, más por encajar en el rebaño universitario, que por otra cosa, pero 2 tardes de lectura en la biblioteca de la Universidad, me desencantaron. Ahora quiero a mi familia, a mi municipio, a mi región y a mi patria, y no tengo más política que la de intentar ser coherente. Nunca iría una guerra por defender mis ideas, al fin y al cabo ¿quién me asegura que no puedo estar equivocado? Pero no callo, eso no, creo en la libertad de pensamiento y así lo manifiesto.

Tras el desencanto universitario, me puse a trabajar entre valles angostos en un pequeño país situado entre Francia y España. Cinco años, cinco, donde aprendí un poco la lengua de Molière y supere unos cuantos prejuicios, aunque debo confesar que no todos.

Vuelta a mi querida ciudad, tras ese lustro montañés, a seguir trabajando de lo mismo, con la diferencia de que cuando yo me iba a descansar, la gente se dirigía a trabajar.

Después llegó la crisis, tijerazo de personal y paro, varios proyectos empresariales, alguno con mucho potencial, echado a perder por incompatibilidad de caracteres.

Y aquí estoy, en mi PC, intentando escribir algo que no conozco todavía ya que soy de la opinión que nadie se conoce totalmente a sí mismo. Yo por lo menos, no.

Para acabar, filias y fobias, mis filias, la familia, los amigos y la tierra que me vio nacer. Mis fobias, la hipocresía y la doblez. Detesto las caretas.

Y así acaba su retrato, con las dos orejas intactas, un orgulloso catalán, con sangre castellana y aragonesa. Una persona buena para los demás aunque a veces malo para mí.

EL VIGILABEBÉS – De Antonio Carpi (Lleida)

EL VIGILABEBÉS:

 

María Victoria nunca se echaba la siesta, era una costumbre que había perdido desde que dio a luz a dos preciosos gemelos.

Álvaro y Gonzalo eran el sostén de esta madre de 38 años, que tras sufrir un aborto hacía 5 años, había caído en una profunda depresión y había sido tratada por los mejores psicólogos de Valladolid, que cada uno, a su manera, habían medicado a María Victoria, sin acabar de dar con el diagnóstico.

La madre de los gemelos era una mala paciente, y ella era la primera en reconocerlo, compaginaba la medicación con el alcohol y estaba cayendo en una espiral cada vez más peligrosa. Además, le habían encontrado unas manchas en el pulmón y un médico le había aconsejado que el clima de la costa podría ayudar al precario equilibrio mental y físico de María Victoria.

Gonzalo Arranz, su marido, no dudo en hacer las maletas y trasladar a toda su familia a Santander, pensando que eso sería un punto de inflexión para todos y soñaba con una nueva vida a orillas del cantábrico, con su preciosa pero conflictiva mujer y sus dos gemelos, que ya habían cumplido 9 meses de vida.

El pater familias, conociendo la debilidad, las dudas y los problemas que padecía su esposa, había comprado un vigilabebés de última generación, con cámara incorporada, desde donde se podía controlar en todo momento a los pequeños.

María Victoria, había perdido la costumbre de dormir después de comer, esos niños no la dejaban descansar.

—Son quejicas, como su padre — solía decirse a sí misma en los momentos de debilidad—  y subía con una lentitud exasperante las escaleras que conducían a la habitación de los bebés para intentar calmarlos.

Aquella tarde Gonzalo se había tomado la tarde libre y le había dicho a su mujer que estuviese preparada a las cinco para ir a caminar por el Paseo Marítimo y pasar así, una buena jornada en familia.

María Victoria era bastante desordenada en todos los sentidos de su vida, y esto, se agudizó tras el aborto que tuvo un lustro atrás. Para lo único que era metódica y escrupulosa era para la ropa de sus hijitos. Siempre que tenían que salir, dejaba extendida en la cama toda la ropita que iban a lucir ese día Álvaro y Gonzalo, y aquella tarde no había sido la excepción, ya lo tenía todo preparado.

Hacía apenas una semana que se habían instalado en una casa de dos pisos en una urbanización a las afueras de la capital cántabra, y María Victoria se sobresaltó al oír el timbre. Eran las 4 de la tarde y saltó como un resorte del sofá por el sobresalto. Miró con cautela la mirilla, y pudo ver a una mujer con una bandeja en la mano. Era la vecina. No había entablado todavía ninguna conversación con ella pero sabía que vivía en la urbanización así que decidió abrir la puerta.

—Buenas tardes, no sé si son horas…

—Pase, pase, no se preocupe, mis hijos suelen arruinarme la siesta pero hoy están extrañamente callados.

—Muy amable, soy Sonia, la vecina, y quería darles la bienvenida con estos sobaos pasiegos.

—Por favor, no hacía falta, es usted muy amable, siéntese en el sofá que le preparo un café y degustamos esas delicias locales.

Sonia se acomodó en el sofá, de cara al vigilabebés, y vio como los dos pequeños dormían plácidamente en la habitación de arriba.

—Son unos angelitos —dijo Sonia mientras sorbía la taza de café.

—No te creas, ya te he dicho que hoy es una excepción, son bastante llorones.

Tras unos minutos de presentaciones y charlas sobre temas triviales, Sonia dulcificó la expresión de su rostro y dijo mientras miraba la pantalla del vigilabebés:

—¡Ohhhh! no me extraña que estén tan calladitos y calmados, si tienen a su hermanita que les cuida y les arropa.

—Que…que hermanita, de que… ¿que está diciendo?

—Sí, lo he visto por esa pantalla, esa niña rubia con trenzas y un vestido negro de unos 5 años, que les arropaba y les acariciaba la cabeza.

A María Victoria le empezó a dar vueltas la cabeza, miró a la pantalla del vigilabebés y allí sólo estaba la cuna, con los dos pequeños durmiendo a pierna suelta.

—Perdona Sonia, mi marido llega a las cinco y hemos quedado para salir a dar un paseo, no quiero ser descortés pero… —dijo María Victoria algo aturdida.

—Sí, entiendo no se preocupe, ya sabes donde encontrarme — dijo Sonia mientras se levantaba.

La madre de los gemelos, volvió a mirar a la pantalla una vez hubo escuchado el portazo de la vecina. Álvaro y Gonzalo dormían, todo estaba en orden.

—Menuda loca, o necesita gafas o está peor que yo —se dijo a si mismo María Victoria esbozando una media sonrisa.

Pero la curiosidad fue más fuerte y se quiso asegurar personalmente. Se dirigió a las escaleras y al pisar el primer escalón, un escalofrió le recorrió la espalda, cuando llegaba al final de las escaleras, un sudor frio empezó a brotar por todos los poros de su piel. Le temblaban las piernas y estaba mareada. Se armó de valor y abrió la puerta donde dormían los bebés y allí los vio, en su cuna, sanos y salvos, en el reino de Morfeo.

Pensó en despertarlos y empezar a vestirlos, ya eran casi las cinco, y al mirar a la cama, allí estaba la ropita de los gemelos preparada, y a su lado, un vestido negro, con unos zapatitos y unos calcetines con borlas, todo ello de la talla de una niña de cinco años.

Más temblor de piernas, más sudor frío, y el golpe del cuerpo de la mujer al caer al suelo desmayada, despertó a Álvaro y a Gonzalo.

CAPERUCITA ROJA 2.0 – De Antonio Carpi (Lleida)

CAPERUCITA ROJA 2.0:

Caperucita Roja se acercaba rauda y pizpireta a casa de su abuelita con muchas ganas y energías ya que hacía meses que no la veía debido a un castigo impuesto por sus padres por hacer un uso indebido de su I-Phone, y no contenta con eso, ser grosera e insultar a sus progenitores.

-Toc, toc

La mozuela golpeó dos veces la puerta la puerta con sus delicados nudillos pero nadie abrió.

-Toc, toc, toc, insistió la muchacha con más fuerza, pensando que su abuela estaba cada día más sorda o algo peor, que en esos meses sin tener noticias de ella, a la vieja le había ocurrido algo terrible, la visita del cobrador de la guadaña.

Cuando la angustia empezaba a apoderarse de Caperucita Roja, la puerta se abrió, y un sonriente lobo, ataviado con un chaleco de instalador de una empresa de telefonía hizo pasar a la chica diciéndole:

-Pasa, pasa, tu abuelita está en el tejado comprobando si funciona la antena, ya que nos ha pedido que le instalemos conexión WI-FI.

-¡Pero qué antena!, si no hay ninguna, además, la conexión WI-FI hoy en día va con un router y poco más, lobo ignorante, ¿de qué empresa vienes?¿de Chapuzastar o de Trolafone?¡No he visto a un cánido más inútil en mi vida!

-Vamos al tejado, anda, que no me fío de ti, lobo inútil, impostor, ceporro, que no sabes ni mentir.

Al llegar al tejado, la nieta comprobó con horror que la abuelita estaba atada de píes y manos en forma de equis y amordazada con una manzana en la boca, cociéndose lentamente al sol.

Has cebado mi abuela, lobo de mierda, ahora ya no es mi abuelita, es mi abuelaza.

Caperucita Roja rebuscó entre las viandas de su cesta el spray de pimienta y la pistola taser, y lo primero que encontró fue lo segundo.

Amenazó al cuadrúpedo impostor con freírlo si no se iba inmediatamente, y ante la negativa de éste atacó al animal haciéndole huir entre aullidos de la propiedad.

Y colorín colorado, este lobo se ha electrocutado.

EL DESVÁN – De Antonio Carpi (Lleida)

Caía la tarde en la meseta norte española, Esperanza contemplaba el anaranjado atardecer desde el balcón de su casa aprovechando la extraña quietud y sosiego que reinaba en la antigua vivienda, sita en la Plaza Mayor de la localidad. Sus hijas se habían ido de compras a la capital, llevándose con ellas a los más pequeños y los nietos mas mayores deambulaban por la plaza del pueblo y aledaños con su pandilla.

—Castilla tiene el mar en el cielo, solía decir Esperanza siempre que observaba aquella maravilla de la naturaleza.

La vivienda era una típica edificación castellana antigua, de cuatro plantas, si contamos el jardín trasero por el que se accedía por una puerta falsa, cosa que fascinaba a todos los niños, ya que si empujabas un perchero con espejo, la puerta se abría con un chirrido, unas escaleras de piedra descendían hacía lo desconocido y un pasillo en forma de ele llegaba a la puerta del jardín que merecía muchos cuidados si no quería ganarse el adjetivo de selvático. A la derecha, antes de entrar en la selva jardín, quedaba la antigua bodega, que olía a rancio y no era apta para aracnofóbicos. En ese pasillo, también se hallaba la antigua gloria, ya en desuso, un sistema de calefacción, en el que la combustión se hace fuera del local a calentar, evitando el enfriamiento por el aire exterior.

En la primera planta, a la derecha el comedor, y tres escalones mas arriba, mas allá del perchero que nadie diría que es una puerta hacia las profundidades de la morada, se encontraba la cocina, el cuarto de invitados y un pequeño aseo.

La vivienda, pese a estar reformada, conservaba ese aire rústico y añejo que habría hecho pagar 2000 euros mensuales de alquiler a cualquier australiano despistado y potentado, y ya herido por asta en las fiestas de San Fermín.

Esperanza gozaba de la tranquilidad de la casa, su marido, Gabriel, un arquitecto jubilado, cuidaba del jardín, ambos disfrutaban de la tranquilidad del momento, tanto era así, que Esperanza se había embadurnado la cara con una crema blanquecina, tan blanca como el camisón largo que llevaba.

En la segunda planta sólo había dormitorios y un baño, a ésta, se accedía por unas escaleras de madera (éstas ya reformadas) y mientras subías, veías «EL CUADRO»,  de frente, no podías ver otra cosa, el campo visual no te lo permitía. En un marco, y pulcramente arreglado, tal y como se ataviaban los prohombres de antaño Gonzalo Fonseca de Otazu, un antepasado de la familia y antiguo notario del pueblo, te escudriñaba con la mirada, ya fueras a izquierda o derecha. Era una de esas imágenes que te seguían con la mirada y que tan nervioso ponen a algunas personas. Las malas lenguas del pueblo decían que Gonzalo murió en extrañas circunstancias y que no tenía la afición del vino, pero si otras mas oscuras y esotéricas. La familia siempre negaba a mayor.

Esperanza se acordó, al atisbar el ocaso natural, que el desván necesitaba una bombilla nueva, atravesó toda la segunda planta arrastrando las zapatillas por el suelo de madera, Gonzalo Fonseca de Otazu la vio venir y la vio alejarse sin mover los ojos. La puerta del desván quedaba a escaso metro y medio del cuadro de Gonzalo Fonseca de Otazu.

Esperanza abrió con esfuerzo el pestillo, con tan mala suerte que se pillo el dedo indice de cuando consiguió descorrerlo.

—Vaya —pensó Esperanza— también es mala suerte. La herida era indolora pero empezó a sangrar profusamente. La mujer, se limpiaba inconscientemente la sangre en su albo camisón, que se fue tiñendo de rojo poco a poco. Esperanza sólo tenia una cosa en la cabeza, cambiar la bombilla y salir de allí escopetada, ya que sufría de claustrofobia. Aprovechó las últimas luces del día para guiarse en el antiguo desván, cambió la bombilla y se apresuró a bajar por las escaleras antes de que los últimos rayos de sol se desvanecieran.

—Tenemos una casa encantada — dijo Luis a sus amigos, que estallaron en carcajadas, al fin y al cabo Luis era el menor del grupo. Pero el pequeño no se amilanó, más al ver que sus primos gemelos, Antonio y Javier, le daban la razón.

—¿Podemos ir a verla? —preguntó Ernesto con mucho entusiamo, entre el alborozo general de la cuadrilla.

Los tres primos se miraron, y se encogieron de hombros. El resto del grupo ya arrastraba a todo el grupo ante las vacilaciones de los primos y en 3 minutos ya cruzaban el soportal que daba acceso a la puerta de la morada.

Los hermanos gemelos acababan de cumplir 12 años y sus padres les habían dejado unas llaves por si pasaba cualquier cosa.

—Deberíamos haber avisado a la abu —dijo el pequeño Luis mientras se soplaba el flequillo.

—No pasa nada, diremos que hemos venido a beber agua —respondieron los gemelos.

 

Esperanza, descendió el ultimo escalón y empujo la puerta para salir otra vez a la tercera planta y notó que la puerta no se abría, por unos segundos se le paró el corazón, y sus miedos mas ancestrales y atávicos, le subieron por la médula espinal. Lo probó por segunda vez, a veces estas puertas se atrancan —se dijo a si misma para tranquilizarse. Nada, la puerta no se abría, y la mujer, presa del empezó a aporrear la puerta y a llamar a su marido: ¡¡¡Gabriel, Gabriel!!. Empezó a rascar la puerta y en su frenesí se rompió una uña, que añadió mas sangre a su ya colorado camisón. Después notó que el aire no le llegaba al cerebro, que la puerta se movía, perdió el conocimiento y se desmayó.

 

—¿Qué queréis ver primero el desván o el jardín? —preguntó Javier.

—¡¡¡El jardín, el jardín!!! —clamó la cuadrilla al unísono.

—Pues veremos el desván, que el jardín es el plato fuerte, además nunca adivinaríais por donde se entra.

—¿Entonces para qué preguntas? —preguntó uno de los chicos con un tono entre enfadado y divertido que hizo estallar una carcajada general.

La cuadrilla entonces subió las escaleras como una manada de búfalos, curiosos y excitados por aquella promesa de misterio que le habían hecho sus amigos.

Esperanza se despertó con el alboroto de los mozos y se dio cuenta enseguida que estaba salvada, aunque no entendía porque el pestillo estaba echado, a no ser que Gabriel hubiera subido un segundo mientras cambiaba la bombilla…pero no no, fue muy poco tiempo. Mientras elucubraba, se iba incorporando apoyando sus brazos en la pared, el costalazo que se había dado había sido muy a tener en cuenta.

 

—Mirad, este es Olegario, el fantasma de la casa, no se llama así, pero le hemos bautizado así porque tiene un nombre muy raro —dijo Luis con mucha seriedad. Los amigos ya no reían tanto y se iban imbuyendo en la situación de la casa encantada y misteriosa.

Esperanza, entre el mareo y el golpe no se había situado aun y cuando Javier abrió el pestillo lo único que pudo hacer la abuela fue alzar los brazos en señal de júbilo y pronunciar unas palabras ininteligibles mientras salia por la puerta del desván.

El grupo, ante la visión de una figura antropomorfa, amortajada, llena de sangre y con la cara blanca, huyó como alma que lleva el diablo, empujándose unos a otros y chillando aterrorizados, alguno se tropezó y bajo rodando las escaleras. A los dos minutos ya estaban en el bar de al lado diciendo que había un fantasma en la casa de Esperanza. Por fortuna, una pareja de la Guardia Civil estaba tomando café y se adentró en la vivienda pistola en mano y preguntando: ¿Quién vive?.

Aquí vive Esperanza, y es lo último que se pierde. La Guardia Civil, al ver a la mujer con la crema y la herida, enseguida se preocupó por la situación y ellos mismos llevaron a la mujer a urgencias, mientras le preguntaban, curiosos, lo que había pasado. También se llevaron a Andresito, que en la apresurada huida, había rodado por las escaleras y se había abierto la cabeza.

Gabriel gritaba desde la puerta que el no había cerrado el pestillo, con una podadora en la mano.

Olegario, en su cuadro, esbozaba una sonrisa.